jueves, 11 de julio de 2013

domingo, 7 de julio de 2013

viernes, 5 de julio de 2013

Las condiciones del arte contemporáneo - Alain Badiou

Comenzaré diciendo algunas palabras sobre la expresión “arte contemporáneo”. Si por “contemporáneo” entendemos simplemente “de hoy” podríamos decir que todo arte es contemporáneo, dado que todo arte es de su tiempo. Por lo que, sin duda, queremos decir otra cosa o algo más cuando decimos “arte contemporáneo”.
            En realidad, la expresión “arte contemporáneo” se entiende a partir de la expresión “arte moderno”: el arte contemporáneo es lo que viene después del arte moderno. De modo que, para entender bien el arte contemporáneo, tenemos que volver al arte moderno. El problema está en saber si existe una ruptura entre lo moderno y lo contemporáneo.
            ¿Qué es el arte moderno? Creo que se trata de un arte que no es ni clásico ni romántico. O, más precisamente, el arte moderno es un arte que supera lo clásico sin   llegar a ser romántico.
            ¿Qué es el romanticismo en el arte y más allá del arte? Con respecto a lo clásico, el arte romántico afirma la novedad de las formas, el movimiento creador, la existencia del “genio” artístico. No se queda, pues, en la imitación del modelo antiguo, tal y como hacía el gran arte clásico. En ese sentido, el romanticismo sale del clasicismo pero conserva la idea de que lo bello está ligado a una infinitud trascendente, conserva la idea de que lo bello nos hace comunicarnos con el infinito, de que hay algo sagrado en la obra de arte. La fórmula filosófica más clara es la de Hegel, cuando dice que “lo bello es la forma sensible de la Idea”. Para el romanticismo, la belleza artística es una representación finita de lo infinito y, en ese sentido, sigue siendo eterna.
            Por lo tanto, el arte moderno va a conservar del romanticismo la idea de la novedad de las formas, la idea del movimiento creador, la idea de que existe una verdadera Historia del Arte y no sólo la repetición de formas antiguas, pero va a abandonar la trascendencia y lo sagrado. Así, podríamos decir que el arte moderno es un testigo terrestre de lo real obtenido por el movimiento de las formas.
            Podemos observar que, en el arte moderno, a partir de la segundad mitad del siglo XIX, tenemos un doble movimiento artístico que es, a la vez, una búsqueda de  la simplicidad de las formas. Por ejemplo, los colores puros, los dibujos simplificados, una construcción más geométrica… Entonces, tenemos una simplificación de las formas pero, también, una complejidad de las formas, una suerte de abstracción simple y compleja al mismo tiempo. En este sentido, el arte moderno supera al arte romántico, lo instala en una temporalidad terrestre pero conserva la idea de la eternidad de la obra, la idea de obra como realización finita del arte.
            Creo que podríamos decir que el arte contemporáneo va a combatir la noción misma de obra, va a ir más allá de lo moderno en su crítica del romanticismo y del clasicismo. En el fondo, el arte contemporáneo es una crítica del arte mismo, una crítica artística del arte. Y, esta crítica artística del arte, critica ante todo la noción finita de la obra. Así, la noción de lo contemporáneo va a estar sometida a dos normas.
            Primero, a la posibilidad de repetición. Un motivo introducido y desarrollado por W. Benjamín mediante la idea de la reproductibilidad de la obra de arte, la idea de que la obra de arte puede dar lugar a series con el modelo de la producción industrial. Se trata del primer ataque contra la noción de Obra, porque la obra en el clasicismo y en el romanticismo era por excelencia algo único. Esta unicidad de la obra era la traducción de la relación del artista con la Idea, era como una firma única de esta empresa espiritual. Entonces, la repetición, la reproducción y la serialización son procedimientos para destruir la idea misma de obra única.
            En segundo lugar, va a haber un ataque contra el artista o, más bien, contra la figura del artista. En el romanticismo, el artista es una figura sagrada, es el garante de la unicidad de la obra y es el que hace comunicar lo infinito con lo finito. Podríamos hablar del Artista-Rey, después del Filosofo-Rey de Platón. Se ha dicho que, en el siglo XIX, existía el Artista-Rey, pero en el arte contemporáneo se producen ataques contra esta figura del artista mediante la idea de que, de alguna manera, cualquiera puede ser artista, es decir, mediante la idea de que el gesto artístico no sólo puede ser reproducido sino que, también, puede ser producido de manera anónima, la idea de que la obra de arte puede no tener firma y de que, quizás, no es otra cosa que la elección de un objeto.          Aquí tendríamos, evidentemente, la revolución propuesta por M. Duchamp, quien pensaba que, por ejemplo, instalar un objeto era un gesto artístico y que todo el mundo era capaz de realizar este gesto, revolución que también partía de la idea de que el arte no es una técnica particular sino que es una elección de medios que no está determinada de antemano.
            Ésta es una idea muy importante. En el período anterior, había artes precisas y definidas: estaba la pintura, la escultura, la música, la poesía, etc. Lo contemporáneo va a combatir, también, esta separación de géneros. Va a decir que el gesto artístico no está determinado por sus medios: podemos pintar y cantar al mismo tiempo, sin que se pueda decidir que es lo más importante. Asimismo, se pueden mezclar varias técnicas conjuntamente y hacer desaparecer las fronteras artísticas. De ahí que la figura del artista desaparezca: puesto que, precisamente, el artista ya no es un técnico superior, ya no es un virtuoso, no habrá razones para que el artista constituya una aristocracia. Entonces, en lo contemporáneo, se ataca la noción romántica del “genio” del artista. Y esa sería la segunda crítica de lo contemporáneo contra lo moderno.
            Inmediatamente encontramos una tercera crítica: renunciar a la permanencia de la obra y proponer, por el contrario, una obra frágil, momentánea, que va a desaparecer. Lo cual va en contra de una gran tradición, como es la tradición de la eternidad del arte: el arte era lo que se elevaba por encima de la desaparición sensible. Por ejemplo, el color de una hoja en otoño esta condenado a la desaparición, sin embargo, el color de una hoja en un cuadro es permanente. De ahí la idea de que la pintura es capaz de crear un otoño eterno y es capaz de detener el movimiento de las estaciones.
            Lo contemporáneo va a criticar esa visión y va a decir que, por el contrario, el arte debe mostrar la fragilidad de lo que existe, el paso del tiempo. También debe compartir la muerte, en lugar de pretender estar por encima de la propia muerte. Filosóficamente, diremos que el arte contemporáneo acepta la finitud y, en este sentido, se opone al arte moderno, que abandonó a Dios pero conservó la idea de Eternidad. Esto nos daría tres criterios de lo contemporáneo: la posibilidad de la repetición, de la reproducción y de la serie, la posibilidad del anonimato (resumiéndose, así, todo lo que atañe a la figura del artista) y, en tercer lugar, la critica de la eternidad y la voluntad de compartir la finitud.
            El conjunto de esta filosofía creo que, en realidad, es una filosofía de la vida. Y lo es porque la vida también se repite y se reproduce, la vida es una suerte de fuerza anónima, la vida también es frágil y está habitada por la muerte. Así pues, podríamos decir que una ambición de lo contemporáneo es crear “arte viviente”, en sentido estricto, es decir, reemplazar la inmovilidad de la obra por el movimiento de la vida.        ¿En qué sentido eso es arte? Justamente ese es el debate contemporáneo: si el arte debe compartir la vida, ¿cuál es su función propia? El arte va dejar de ser algo que uno contempla, porque lo que había que contemplar era justamente lo que detenía la vida, lo que iba más allá del tiempo. En cambio, si la obra comparte la vida, la relación con la obra de arte ya no podrá ser una relación de contemplación. El arte contemporáneo va a tomar, entonces, otra dirección, que estará ligada a los efectos que produce: el arte no será un espectáculo, ni una detención del tiempo, más bien será lo que compromete en el tiempo mismo y produce efectos en el tiempo. Se podría incluso decir que el arte clásico es una instrucción para el sujeto, una lección para el sujeto y, en cambio, la obra contemporánea apunta hacia una acción que cuestiona y transforma al sujeto. Lo cual le va a aportar, todavía, una característica más: la ambición política del arte contemporáneo. ¿Por qué va a tener necesariamente una ambición política? Justamente porque intenta producir una transformación subjetiva, al mismo tiempo que es un testimonio vivo sobre la vida. Por estas razones, el arte contemporáneo no se va a preocupar por la duración y, en cambio, sí que se va a preocupar por lo inmediato. Va a ser un arte que estará presente en el presente, justamente por que no apunta a la contemplación sino a la transformación.
            Tendremos, así, dos formas de arte características de lo contemporáneo: la Performance y la Instalación. La performance, puesto que sólo existe en el instante, es lo que se muestra en un momento dado. Finalmente, se relaciona con el teatro. Aunque se trata más bien de un teatro sin texto, un teatro que es, en sí mismo, su propia presentación y que puede incluir momentos visuales o plásticos, puede incluir la danza (la danza, para mí, es muy importante en lo contemporáneo, también la música, etc). Entonces, la performance es un lugar de encuentro de las artes, es el paso de la emoción artística y no su detención. En cuanto a las instalaciones, cumplen en el espacio lo que la performance cumple en el tiempo y disponen en el espacio un conjunto de elementos, de colores, de objetos que es efímero, que está instalado y que va a estar también desinstalado, apoderándose del lugar del espacio por un momento, exactamente igual que la performance se apodera por un momento del tiempo y, después, desaparece. Lo que tenemos es un arte satisfecho con su propia desaparición, un arte que muestra su capacidad de desaparecer. Todo lo contrario al arte contemplativo, porque lo que se contempla es lo que no desaparece. En cambio, el arte contemporáneo muestra su desaparición: no sobrevivirá.
            De esta manera podemos entender los problemas del arte contemporáneo y la palabra contemporáneo. Contemporáneo quiere decir todo esto y, en detalle, van a resultar una cantidad de proyectos diferentes que van a utilizar todas las técnicas y medios. Por ejemplo, en este tipo de arte la imagen artificial, el vídeo, etc., juegan un papel muy importante porque también es un arte de la imagen en movimiento.
       Después de todo lo anterior, quisiera hacer una incursión en la crítica del arte contemporáneo. Haciendo virtud de mi oficio de filósofo. Con respecto a lo contemporáneo siempre será cuestión de formular una pregunta. Con lo cual lo que haré aquí serán críticas virtuales, si se quiere, críticas que uno podría hacer y que yo voy a hacer para demostrar que, precisamente, se pueden hacer. Pienso que pueden hacerse tres críticas posibles: una critica ontológica, una critica estética y una critica política. Esas críticas conciernen a formas extremas del arte contemporáneo, y no tanto a la tentativa del arte contemporáneo mismo. Creo haber demostrado que el arte contemporáneo es fuerte e interesante.
            En cuanto a la crítica ontológica, es la siguiente: creo que la filosofía del arte contemporáneo es una filosofía de la finitud pero también es una filosofía del tránsito y la desaparición. Ahora bien, no es seguro que ello esté completamente justificado. Puede suceder que, el ser mismo, acepte lo infinito y, también, puede suceder que el tránsito y la movilidad no sean más que apariencias. Podríamos decir que el arte contemporáneo toma posición en el gran conflicto entre Parménides y Heráclito, sólo que 3000 años después. Sabemos, aunque sólo sea a nivel escolar, que Parménides declaraba que el Ser es uno, eterno e inmóvil y que Heráclito declaraba que el Ser es móvil, pasajero y múltiple. Toda una parte del arte contemporáneo está del lado de Heráclito, eso es innegable. Es una elección, pero hay que saber que es una elección y que el arte contemporáneo está sostenido por esta elección filosófica. Y aquí podría haber una primera discusión sobre este punto, una primera crítica virtual posible.
            La crítica estética seria la siguiente: gran parte del arte contemporáneo rechaza la diferencia entre la forma y lo informe. Conocemos la existencia de un arte del desecho, un arte de lo que aparece como informe, conocemos esa tendencia artística que aspira a deformar toda forma, a exhibir como gesto artístico la deformación y no, simplemente, la invención de una forma. También existe un arte del horror y de lo desagradable, un arte de cadáveres en formol, un arte Trash. Son tentativas justificadas pero pienso que, estéticamente, esta equivalencia entre la forma y lo informe es también una trascendencia escondida, porque recuerda una dialéctica muy importante en el arte romántico entre lo sublime y lo abyecto. Esta dialéctica de lo abyecto y lo sublime, el hecho de que lo inferior también pueda ser superior es, en realidad, una dialéctica romántica y, quizás, buena parte del arte contemporáneo sea un romanticismo escondido, precisamente por lo que respecta a esta figura de la dialéctica entre lo abyecto y lo sublime. Por lo demás, se sabe que esta dialéctica siempre ha formado parte del cristianismo, donde los monjes debían vivir de manera abyecta, en la pobreza y en la suciedad, para que su pensamiento estuviera dirigido a Dios y, entonces, se produjera un momento donde lo abyecto se transformara en sublime. En buena parte del arte contemporáneo siento esto, siento este cristianismo estético y, en el fondo, sospecho de esos artistas que quieren ser santos para restablecer e inscribir en lo abyecto, en lo informe, la aspiración escondida a lo sublime y lo santo. Esta sería una crítica también estética a una parte del arte contemporáneo.
            Y, finalmente, la crítica política es la siguiente. En nuestro mundo, ¿cuál es el gran modelo de lo que es inmediato, de lo que circula, de lo que sucede, de lo que muere en cuanto aparece, lo que debe ser consumido y después debe desaparecer? El modelo de todo esto es la mercancía.
            Hay que ver claro que la ideología de la finitud, de la equivalencia de las cosas, de su inmediatez, la idea de que el propio arte debe estar en la circulación anónima, el hecho de que nada debe ser contemplado, pero que todo debe ser consumido, es la ideología de la mercancía y, quizás, encontremos ahí el secreto de esto que es muy evidente: la existencia del mercado del arte, especialmente del mercado del  arte contemporáneo, en donde la valorización no genera ningún problema pues obedece a las mismas leyes de la oferta y la demanda, leyes que regulan la circulación de las mercancías. En el fondo, podríamos decir que en el arte clásico y moderno la obra de arte es un tesoro, se basa en el modelo del tesoro. Un tesoro es aquello que podemos guardar en nuestro sótano, aquello que vamos a contemplar, lo que vamos a poseer como un objeto. Por otro lado, los museos exponen tesoros. Es justo criticar esta visión del arte, esta identidad de la obra de arte y el tesoro. Pero es de temer que, después de haber sido un tesoro, el arte, ahora, no sea más que una moneda, que allí donde estuvo guardada se abstendrá de circular y allí donde debería quedarse va a desaparecer.
            El arte contemporáneo es, por tanto, el arte de la época financiera del capitalismo, admitiendo que el arte clásico era el arte de la época del tesoro. El arte contemporáneo es, realmente, el arte de nuestro tiempo, pero, quizás, es tanto su ilustración como su crítica, existiendo, en todo caso, una ambivalencia entre ambas, así como en otras épocas el arte era, al mismo tiempo, esplendor crítico y, también, un tesoro. Las formas del arte contemporáneo no nos permiten salir de esta ambivalencia.
            ¿Qué hacer? Creo que el arte debería transformarse en algo más afirmativo que, más que criticar el estado del mundo y criticar el arte mismo, debería buscar los recursos secretos del mundo, las cosas positivas pero escondidas, los elementos de liberación que aún están a punto de nacer, que están naciendo. Y ello manteniendo sus orientaciones contemporáneas, y su importante violencia crítica. El arte debería ser, también, una promesa, debería prometernos algo dentro de su capacidad subversiva. Hay que desconfiar de la consolación, pues el arte no ha de ser consolador y no está para mecernos, aliviarnos o protegernos. Pero prometer es otra cosa.
            Pienso que estamos en un tiempo en el que es esencial recordar lo que es el mundo a través de la propia fuerza del arte, a través de su nueva fuerza contemporánea. Pero, asimismo, el arte tendría que decirnos lo que podría ser, como reverso del propio arte. También es una función del arte tener una visión de futuro. No siempre hay que anunciar el desastre, aunque haya razones para hacerlo. Creo, más bien, que el arte debe decir que el desastre es posible, que quizás es más que probable, pero que podemos evitarlo. Tiene que decir, también, que algo en todo ello depende de nosotros, a eso es a lo que yo llamo una promesa. Entonces, diré, simplemente, que el arte contemporáneo despliega todas sus funciones multiformes y sin forma, pero que también tiene la capacidad de recordarnos todo aquello de lo que somos capaces.

Buenos Aires, 11 de mayo de 2013
Trascripción y corrección de la traducción directa: Brumaria

jueves, 27 de junio de 2013

lunes, 24 de junio de 2013

sábado, 22 de junio de 2013

jueves, 13 de junio de 2013

miércoles, 12 de junio de 2013

martes, 11 de junio de 2013

Cuando solo nos queda la crítica

Cuando solo nos queda la crítica



En una luminosa mañana de primavera, sentado en una de las terrazas de la plaza de Chueca, donde se puede ver un continuo desfile de personas a la última moda, leía la revista de arte Tendencias. Por mi costumbre de comenzar a mirar este tipo de publicaciones por la última página, me encontré con un bello texto que trataba sobre la nueva etapa de un joven pintor. El artículo estaba firmado por el prestigioso crítico Tomás Paredes, y me llevó a pensar que en esta área del arte dominan los hombres. Juan Manuel Bonet, Francisco Carpio, Javier Maderuelo, Simón Marchan Fiz, José Marín Medina, Mariano Navarro, Marcos Ricardo Barnatán, o el citado Tomás Paredes, son leídos por todo aficionado al arte.
En otros terrenos no digo la batalla sino la guerra está perdida desde hace mucho tiempo para los hombres. Las galerías, puntos de influencia que  marcan pautas para su público, son dirigidas por mujeres. Atrás quedaron salas emblemáticas como la de Jorge Mara o la de Antonio Machón, que marcaron toda una época. Y mujeres han sido las primeras en mostrarnos que la pintura ha muerto, abriendo sus locales a nuevos campos del arte.
 En la dirección y conservación de los museos creo ver una alternancia y el predominio masculino, si aún existe, es ya muy débil. Me parece que la tendencia general nos lleva hacia el “Arco Mediterráneo”, donde ellas han sabido ganarse todas las responsabilidades. En esta zona costera incluso son galeristas femeninas las únicas que siguen aguantando la vela, en un mar agitado que ha hundido muchos barcos.
Esta noche he quedado en Del Diego con Enrique, buen amigo y coleccionista, y pienso preguntarle su opinión sobre cuál de los dos sexos tiene hoy en día mayor influencia en las tendencias del arte. Aunque, tras ver juntos ayer parte de la colección de Helga de Alvear en el Ayuntamiento de Madrid, creo adivinar su respuesta. Tal vez sean los hombres quienes se preocupen por conocer a los artistas y sus obras, pero ¿no son en muchos casos sus mujeres quienes finalmente deciden qué comprar?.
Volveré a pensar sobre estas y otras cuestiones en otro momento, y habría que analizar la situación de los/las artistas, que merece un capítulo aparte. Ahora me dirijo a coger el AVE que me llevará hasta Sevilla, a visitar la exposición “Modulares” en la galería Rafael Ortiz, donde la mano de su esposa Rosalía le dota de ese toque de exquisitez que los hombres no sabemos darle.

Javier Martín.
Mayo, 2013

miércoles, 29 de mayo de 2013

martes, 28 de mayo de 2013

El que tiene un amigo tiene un tesoro- Rosa Olivares

 

Siempre lo hemos sabido, la amistad es seguramente más importante que el amor. Tal vez de jóvenes pensemos que no es así, que un amante es más importante, pero poco a poco nos damos cuenta de que no, de que ciertamente el que tiene un amigo tiene un tesoro. Y lo digo en sentido estricto. La amistad debería cotizar en bolsa, en paralelo al valor oro. Y las agendas serían como tener acciones preferentes. Hoy en día tener el teléfono, el mail, haber cenado, coincidido con fulanito, aunque no nos de el estatus de “amigo”, es decir, el valor total de la acción, nos sitúa muy bien en un determinado ranking.

Tener buenos amigos, o al menos que otros conocidos crean que nuestra amistad y trato les puede abrir puertas, conseguir favores, es esencial hoy en día. Eso y saber idiomas (para ampliar la agenda y los posibles amigos) es otra cosa a tener muy en cuenta. Mucho más que saber historia del arte, haber visto exposiciones, leer libros, por Dios, ¡¡¡no es comparable!!! El mundo del arte actual es como una sobremesa de ricos, sólo importa la apariencia y las relaciones sociales. Todos se conocen (hasta yo les conozco, por cierto, aunque no creo que sean mis amigos), y todos mueren por quedar bien con ellos. Así, los antiguos críticos ya no critican nada y todo se está llenando de jóvenes becarios y becarias transformados en asistentes que, delgados y lánguidos, miran a todo el mundo por encima del hombro, porque en Basilea o en Hong Kong han coincidido, han saludado, han cenado (¡el súmmum!) con este o aquel curator internacional, les ha guiñado un ojo aquel artista proclive o aquella galerista un tanto pasada de copas. Estos es el back stage de cualquier feria, siempre lo ha sido, pero antes se iba a trabajar, no a hacer agenda.

Con el verano se avecina el apogeo de las relaciones públicas. Estar invitado a la cena de la inauguración de la Bienal de Venecia, tener tarjeta VIP en Art Basel (antes de ir a Basilea, es decir, que te la envíen por correo a tu despacho) es más importante que varios master en lo que más te guste. Este año no pienso ir ni a la feria, ni a la inauguración de la Bienal, si alguien quiere mis tarjetas, mis invitaciones, que empiece a pujar. El encanto ya, que lo pongan ellos y ellas.

Hace tiempo escuchaba a un señor explicar por qué es mejor llevar a los hijos a estudiar a colegios privados de lujo: tienen el futuro asegurado con los amigos que hagan en su adolescencia. Es una especie de seguro. Las madres abnegadas hoy procuran que sus hijos estudien en el Bard College, cuestión de agenda. Los cursos de veranos internacionales son un buen punto de encuentro y aprendizaje. Las ferias, esenciales. Y, por supuesto, las inauguraciones. Un buen fondo de armario esencial, el inglés y, a poder ser alemán o francés o español. Y si algún despistado quiere bibliografía, les recomiendo a Pablo Helguera y sus consejos del Manual de estilo del arte contemporáneo. Por lo demás, les deseo a todos estos joveznos que pululan como carroñeros por parties, openings, saraos varios, la mejor de las suertes. La van a necesitar pues con su éxito favorecen nuevas hornadas de clones a su imagen y semejanza que les obligarán a mejorar, evolucionar y ampliar sus agendas. Sin descanso, sin vergüenza.

Malas enseñanzas


Paisaje


domingo, 26 de mayo de 2013

jueves, 23 de mayo de 2013

domingo, 19 de mayo de 2013

viernes, 17 de mayo de 2013

jueves, 16 de mayo de 2013

Volviendo a las buenas costumbres - Javier Martín


Cuando los nuevos museos, con sus grandes espacios diseñados por arquitectos-paisajistas, se han quedado sin recursos económicos para continuar su andadura y carecen de fondos propios dignos de ser mostrados.
Cuando ciertos artistas ya no disponen del cómodo apoyo institucional, ni de otro modo alternativo de promoción y subsistencia.
Cuando pequeños museos, montados con moderación y mucha dedicación, se van quedando sin las pequeñas ayudas prometidas para su continuidad.
Cuando la información mediática solo pone en valor a aquellos pintores y escultores que forman parte de grandes y afamadas colecciones.
Cuando un sector de la crítica sigue utilizando, sin síntoma de agotamiento, frases como: “obras con mucha fuerza”, “una vuelta de tuerca”, “se ha reinventado a sí mismo” o “ha reinterpretado la pintura”.
Cuando las colecciones privadas y públicas parecen clónicas unas respecto de otras, con un listado dogmático de artistas.
Cuando las galerías no llegan a adaptarse al nuevo panorama creativo, sin lograr una fórmula adecuada a las actuales circunstancias.
Cuando las salas de exposiciones institucionales solo buscan programas a coste cero.
Cuando los jóvenes pintores y escultores no cuentan con los mínimos recursos para continuar su trabajo y se ven abocados a aceptar condiciones expositivas poco dignas.
Cuando los diarios y revistas recurren sistemáticamente al panegírico, publicando textos intercambiables que parecen estar guardados en un cajón a la espera de cualquier ocasión.
Cuando las Facultades de Bellas Artes vomitan sucesivas hornadas de jóvenes carentes de formación, desorientados ante el panorama artístico con el que se van a encontrar.
Cuando las inauguraciones de las exposiciones se han convertido en meros actos sociales a los que se califica de “eventos”, haciendo honor a su carácter efímero y de artículo de consumo.
Cuando todo esto ocurre, quizá sea el momento de volver a viejas fórmulas, ya utilizadas en los años sesenta del siglo XX, cuando varios artistas se agrupaban en el estudio de alguno de ellos para realizar un proyecto expositivo. Los asistentes, amigos en su mayoría, se convertían así en partícipes de un proceso generado con pocos recursos económicos, pero realizado sin limitaciones formales ni imposiciones ideológicas. El encuentro se dilataba, favorecido por las conversaciones, el humo y alguna copa de alcohol, y permitía que surgieran nuevos proyectos en común.
Es lo que de nuevo pretenden muchos artistas en diferentes puntos de nuestro país, al encontrase desplazados por los circuitos expositivos y comerciales. Solo pretenden mostrar su trabajo a aquellos que lo deseen. Y su postura no debería molestar a nadie, sino hacernos reflexionar a todos.
Javier Martín

jueves, 2 de mayo de 2013

miércoles, 1 de mayo de 2013

Valor y precio - Rosa Olivares

Decía el poeta Antonio Machado en uno de sus versos, siempre claros y siempre certeros, que “Solamente el necio confunde valor y precio”. Se asombraría don Antonio de la cantidad de necios que viven este principio de siglo XXI en puestos de cierta importancia, es decir, comprando, asesorando, curando, y en diferentes tipos de puestos intermedios. Formando eso que se llama profesionales del arte. Curiosa definición para una profesión que no es tal, para un grupo social que procede de cualquier parte, de estudios de estética, de filosofía, de historia, de bellas artes, de cualquier otro campo. Conozco críticos y curadores que son médicos de formación, otros que nunca estudiaron una carrera, que no tienen título, afamadas curadoras internacionales tienen estudios de decoración... y los artistas tampoco proceden del mundo de las bellas artes, hay muchos, no quiero decir los mejores por no ofender a nadie, pero desde luego algunos, muchos, de los mejores que proceden de una autoconstrucción que se basa en estudios semiológicos, en ciencias, comunicación, y sobre todo, en la experiencia, en la vida, en la vida, en la vida, en la vida.

No vamos a hablar de galeristas, dealers, o coleccionistas, ni del sector comercial del arte en general, que se acercan unos por afición, otros porque es un gran negocio, otros, algunos, por pasión. Lo del negocio, aunque parezca mentira, es cierto. Uno de los recién descubiertos evasores de capital español en Suiza, denunciado públicamente por el exempleado de HBSC es un galerista de larga trayectoria en España, que curiosamente no está presente en ARCO, tal vez no le haya hecho falta para forrarse vendiendo Sauras y todo el arte español durante décadas. Seguro que tampoco le ha hecho falta una carrera ni una especialización, con saberse los versos de Machado ha podido tener suficiente.

Sobre la especialización habría que regresar a Baudelaire que definía al crítico de arte (una figura ya casi olvidada y tapada por la del curador, el gestor cultural y tantos otros que no tienen nada que ver con él ni con su trabajo) como un aficionado que escribe bien.
Siempre me ha gustado esa definición porque es en la que más a gusto me he encontrado siempre: el arte es una pasión, a pesar de trabajar en el sector, a pesar de los estudios, a pesar de la experiencia, a veces oculta entre las multitudes, a pesar de todo y de todos. En definitiva soy solamente una aficionada que quiere pensar, que escribe bien, y que desde luego nunca ha confundido valor con precio. Y me sorprendo continuamente de que tanta gente, tanta gente incluso inteligente, confunda continuamente no sólo valor con precio, sino arte con desastre, obra con ocurrencia, artista con saltimbanqui, coyuntura con panorama… en fin, tal vez lo que haya que estudiar es lengua y semiología.

En cualquier caso asisto sorprendida siempre ante el éxito fulgurante de artistas como Ai Weiwei (por favor no confundir con el éxito de Damien Hirst), por poner un nombre inevitable, a la entronización coyuntural de cualquier artista como si se tratara de la pata de elefante en los pantalones de señora, la corbata estrecha o los tonos grises y negros para este invierno. Sorprendida de la falta de rigor para casi todo, de cómo curadores ignorados (tal vez no tan ignorantes como pueda parecer) florecen como flor de temporada y cruzan los mares con su prosa y sus charlas, paneles se llaman ahora, para repartir su doctrina a lo largo y ancho del vasto mundo. Y que serán sustituidos el próximo año, con la próxima temporada por otros con currículos aun más sorprendentes en una retroalimentación imparable.

Menos mal que todavía quedan aficionados, y artistas, y apasionados por el arte que siguen salvando los muebles de esta casa que hace aguas por todas partes en medio de una tormenta insaciable.