martes, 10 de diciembre de 2013

lunes, 9 de diciembre de 2013

jueves, 5 de diciembre de 2013

Raúl Alesanco

El cerebro humano es como un viejo Castillo lleno de habitaciones enlazadas por largos pasillos.
Cuando le pedí a Pepe en España que me haga la caratula para la pagina de QUIERO CONOCER PATAGONIA lo hice por inspiración no por reflexión. Sabía lo que estaba haciendo? No, pero mi mente, mi memoria, alimentada por largos años de amistad, afinidad, y ahora océano por medio por sincronía gracias a internet, si sabían lo que estaba haciendo.
La respuesta no se hizo esperar.
Hay en toda gestión, un par de actos que son reflejos. Se hacen de memoria, son habituales. Un par de clicks y la colgué en el muro de facebook, hubo un reclamo sobre ajustar la intensidad de tono y color que es natural pues, cada uno ajusta el brillo de pantalla tal cual le place, pero, eso funciona solo en tu intimidad, luego, cuando se trata de compartir, de abrir el juego. Debes acomodar tu gusto al de la mayoría de los demás. Y los demás decidieron cual de las tres opciones querían… Así se hizo. Después de todo, eso es trabajar en red.
Pero, siempre hay un pero el día después.
Es que, más allá de lo visual, estético, proporcional, y armónico de la figura plana. Del espacio bidimensional de la obra de Pepe en el collage… Cuál es el significado de interpretación?
Siempre sostuve que quienes dibujamos o pintamos, hacemos una parte del cuadro. La otra parte, la definitiva, la hace el espectador cuando interpreta ese montón de millones de bit y pulsos electrónicos de luz que reflejan toda la gama cromática, toda la línea geométrica, que se reflejan en lo que proponemos como figura y a través de la complicada aparatologìa de la vista humana, llegan al centro de interpretación en forma cifrada y allí, la obra se desencripta para producir una reflexión o una emoción, o ambas a la vez. Y es en ese momento donde una “cosa” pasa de ser objeto a ser sujeto de observación y de comprensión.
Es hora de completar el cuadro de Pepe. De arrancarlo de la estática posición en que se encuentra y en un abordaje simple pero apasionado, arrebatarle cada mancha de color, cada grafía convencional, cada segmento aprisionado en la cárcel de medidas del soporte y dejarlo volar en el viento de la imaginación de cada uno.
Estoy seguro que la propuesta es, sumergirse en un océano de perspectivas diferentes.
No hace falta saber nadar para aventurarse en este juego.
Hace falta tener el valor de alcanzar el objetivo o ahogarse con dignidad en el intento de descifrarlo de cara a todo el resto de los espectadores, como si de pronto, en una galería de arte, te ponen en la difícil situación de explicar ante un micrófono y una audiencia de entendidos y no tanto, el secreto de lo que estas mirando.
No se trata de describir, se trata de interpretar al otro.
Yo puedo hacerlo, es mi reto diario. Me paro ante el mundo con desenfado siempre y me importa un bledo lo que los demás opinen sobre mis conclusiones. Creo en mi propio sentido común como sujeto que no elegí venir al mundo pero que una vez puesto en la cancha, decido jugar el partido con las reglas que me imponen pero con la convicción de que mis propios valores están por encima de esas reglas ordinarias.
Te invito a que lo hagas. A probar el dulce néctar de la transgresión por una vez. A que desates tus prejuicios y te abras con el candor y la ingenuidad del que sabe que puede sentir y decir lo que siente, pese a la máscara fría e impredecible de los que te rodean muchas veces, presos de la cera superficial con que moldean sus actuaciones y perciben Tu personaje, como salido de un museo social imperturbable con que desfilan las marionetas por la calle, por las salas, por las oficinas y hasta por la vida más intima, a veces, llenas de convenciones compartidas que, sin dejar de ser aceptadas, no conmueven, no estimulan ni son capaces de reflejar quien verdaderamente sos, que pensas y quieres de los demás en el arte de convivir e intercambiar momentos e instantes que trasciendan lo formal para ser verdaderamente extraordinarios y sensibles a ser guardados en ese laberinto de piezas y pasillos de cada castillo que, muralla por muralla y torre por torre custodia nuestra conciencia humana…
Comencemos el juego.
Los elementos: Una puerta triple, la hoja del medio abierta, por allì asoman los botones rojos como espiando el afuera con desconfianza, y una mano, la izquierda si son detallistas con lápiz como dispuesta a dibujar o escribir el plan de ruta, el plan de acción.
En segundo cuadro, al medio, el paisaje de Patagonia, la costa representada como una orilla por el elefante marino, y la nieve en altas montañas cordilleranas por la otra orilla como dejando claro que la Patagonia es todo eso, del mar a la cordillera, una universalidad en la diversidad del paisaje y la cultura.
En tercer plano, desde arriba, y hacia abajo, las ciudades y pueblos con sus trazados tan artificiales como que de la mano del hombre son nacidos. Pero están ahí, y forman parte de la entidad, podemos inferir que Patagonia es, la naturaleza y su gente. Y para dar testimonio de ello, sobrevolando todo, dos rostros que se diluyen en el vacio expectante, vacilante pero atento con rostro humano. Observando este experimento, desconfiando de su poder de materialización, pero a su vez, estoicos sin desaparecer porque en algún recóndito lugar del corazón que no entiende la razón, encuentran un hilo de fe, esperanza y ganas de que el sueño de Conocer Patagonia se concrete.
A este cuadro, obra de arte sin duda bien lograda, le falta algo, le falta la cálida y resoluta pincelada final de Tu parte, ahora, sorprendido lector ocasional que, si un suave empellón de curiosidad te empuja, vas a ser protagonista de esta historia que recién comienza a contarse…
DESEAR, CREER Y CREAR LA REALIDAD ES EL RETO.
Raúl

sábado, 30 de noviembre de 2013

lunes, 25 de noviembre de 2013

Vivir entre arte - Rosa Olivares


Coincidiendo en el tiempo, en una misma semana, hemos asistido como espectadores a dos situaciones muy diferentes de lo que se podría definir como ”vivir entre arte”, algo que sólo pueden hacer los coleccionistas (grandes o pequeños), aquellos que trabajan en museos y, por supuesto los artistas. Los artistas son los que crean, por lo tanto su relación con la obra de arte es distinta a la de cualquier otra, es, por decirlo de alguna forma, algo natural e inevitable. En la misma semana hemos asistido a la inauguración del museo Jumex en México DF y a la confiscación por parte de la policía alemana de la inmensa colección de obras de arte que Cornelius Gurlitt tenía en su casa en Munich. Cornelius (un nombre y una historia sin duda para un cuento de finales del siglo XIX) vivía literalmente con el arte, solamente con sus cuadros de Chagall, Matisse, Lieberman… como él mismo afirmó en sus escasas declaraciones a la prensa “Yo sólo quería vivir con mis cuadros”. Porque obviamente eran sus cuadros, heredados de su padre (director de museo, coleccionista, uno de los introductores en Alemania del arte moderno, y posteriormente, al parecer, colaborador necesario del nazismo) y aquí no voy a entrar en cómo consiguió esta colección extraña y millonaria, y hablamos de más de mil millones de euros. Cornelius había crecido entre estos cuadros, los tenía colgados en su apartamento de escasos cien metros cuadrados. Vivía sin opulencia, solo y discretamente, sin Internet y casi sin usar el teléfono. Los cuadros, sus personajes, el arte, eran su única compañía y prácticamente su única familia en su autoexilio interior en una ciudad que detesta.

En México centenas de personas han asistido a la inauguración de un edificio realizado por uno de los arquitectos especializados en Museos más destacado del mundo, David Chipperfield (restauración del Neues Musuem de Berlín, Museo Gotho de Tokio, del Figge en Iowa, entre otros), casi siete mil metros cuadrados en una excelente zona de la capital mexicana; de mármol, jardines y terrazas. Entre las líneas que han leído un poco más arriba y estas han transcurrido casi un siglo, ya no hay Chagall o Picasso en las paredes, ahora son Koons, Warhol, Hirst los que cuelgan en en esas salas lujosas y perfectamente climatizadas entre las que van a vivir sólos, entre excepcionales medidas de seguridad y conservación. Cornelius tenía cuadros en los armarios, sus favoritos en el dormitorio y en la salita donde pasaba casi todo el día. En el caso de México asistimos a un evento público, en el que se reúne la sociedad artística, que en general mantiene una relación fría y profesional con el arte, aunque obviamente también hay quien colecciona y vive con algunas piezas, pero son siempre obras que están donde están por su carácter patrimonial y por su aspecto decorativo. Para Cornelius estos cuadros, no ya el arte en abstracto, sino estos cuadros, sus cuadros, no tenían un valor económico cuantificable, ni era una cuestión de decoración tenerlos colgados, eran parte físicamente de su propia vida. Ahora que le han quitado sus cuadros (que muy posiblemente le deberán devolver ya que no parece fácil demostrar que eran robados por su padre y no aparecen dueños probados) su vida se ha resquebrajado, de repente más de treinta personas entraron en su casa, donde posiblemente no había entrado tanta gente sumando las visitas de muchos años. El edificio Jumex representa en estas vidas paralelas la colección grandiosa, en evolución, con cientos de piezas, obras de arte que no tienen quien las quiera y quien las acaricie con su mirada cada día, quien les desee buenas noches, simplemente, como niños ricos, viven alejados del calor de una familia, cuidados por profesionales que se preocupan por su salud y bienestar, pero sin amor, sin esa cercanía de Cornelius, sin esa relación de dependencia, vamos, sin ninguna relación. Claro que Cornelius, ya lo lleva en el nombre, es un tipo raro, un enfermo asocial, y la colección Jumex y cualquier otra gran colección son demostraciones de poder y de riqueza, los dos valores más admirados de la sociedad actual. A mí lo que me gustaría saber es que sintieron las bañistas, la pianista, las figuras que vivían con Cornelius, desde sus fragmentos de lienzo y pintura, desde el tiempo eterno del arte, cuando vieron que la policía los apartaba de Cornelius, tal vez para ellos era un secuestrador, tal vez su familia. Tal vez los cuadros de Damian Hirst o Jeff Koons, hijos de otra época y de otra forma de entender el arte, sientan un poco de envidia por el amor del que han disfrutado durante tantos años los cuadros de Cornelius.

viernes, 22 de noviembre de 2013

martes, 19 de noviembre de 2013

sábado, 16 de noviembre de 2013

Coleccionismo de arte en España: historia de un desastre - Ángeles García

Si damos por bueno el principio de que el nivel del coleccionismo de arte está vinculado al desarrollo cultural, político y social de un país, no hay por donde coger a España. Apenas existe, no importa  y solo se perciben señales hostiles desde los poderes públicos (IVA del 21%,  ausencia de Ley del mecenazgo) hacia aquellos que contra viento y marea persisten en su amor por el arte.
Ya el pasado año, la Fundación Arte y Mecenazgo que impulsa la Caixa dio a conocer un informe en el que se alertaba sobre la contracción de un mercado raquítico en relación con Europa y Estados Unidos. Clare McAndrew, fundadora y directora general de Arts Economist, denunciaba que, ateniéndonos al número de operaciones y precios muy inferiores a la media de otros países, el español era uno de los mercados más raquíticos de Europa. La experta añadió que entre 2007 y 2011 el sector había caido un 33%. Un año después de conocer aquellos desalentadores datos, se vuelve a demostrar que todo es susceptible de empeorar y el descenso del negocio, se estima en un 62% , según el último informe de Artprice.
Pero ¿qué es lo que ha ocurrido para que un país que fue la envidia de Europa por las colecciones auspiciadas desde la monarquía, la nobleza e incluso la iglesia se haya convertido en un paria? La historiadora María Dolores Jiménez-Blanco ha investigado las causas en un aleccionador informe presentado el pasado jueves. Es el segundo cuaderno de Arte y Mecenazgo y en sus 154 páginas se hace una detallada aproximación a las razones del desastre.
Remontándose al siglo de Oro, Jiménez-Blanco recuerda que durante el reinado de Felipe IV se produjo en la Corte madrileña uno de los momentos más brillantes del coleccionismo, no solo español, sino también europeo. Lo que se adquiría era arte internacional contemporáneo de la época. Fue un momento álgido que empezó a desmoronarse durante el paso del siglo XVIII al XIX. Con Fernando VII, la relación de la Corte con el coleccionismo de arte se modifica sustancialmente y pese a la fundación del Museo del Prado en 1819,se produce un quiebro del mecenazgo regio hacia el arte y un desinterés absoluto por el patrimonio artístico heredado.
Esa enfermiza displicencia por el arte sigue viva hoy en los estamentos oficiales. María Dolores Jiménez-Blanco cita a Javier Portús, conservador del Prado, quien suele recordar que un coleccionismo fuerte responde a un país fuerte. Y que España, cuando fue poderosa acumuló un patrimonio formidable. Cuando España dejó de ser importante, se desentendió de su patrimonio.
En el trabajo de la historiadora, se afirma que la sequía se agudiza y extiende hasta la Transición. Un coleccionismo cauto, silencioso y semiclandestino, se fue desarrollando en una posguerra en la que el arte contemporáneo no daba relumbrón precisamente. La inexistencia de museos da una idea del aislamiento cultural. Hubo que esperar hasta finales de la década de los sesenta para conocer los primeros destellos de arte internacional. Fue gracias a Fernando Zóbel y a Juan March.
Pero el intento más real de resucitar el arte contemporáneo y el coleccionismo llega con el gobierno socialista de Felipe González y con Javier Solana como ministro de Cultura, un hombre que entiende la importancia del arte para crear una auténtica marca España y como la mejor manera de introducir la cultura en un país olvidado del mundo. Con Carmen Giménez como responsable de exposiciones, se crea el embrión del futuro Reina Sofía y en España se ven por primera vez obras de los artistas más importantes del mundo y colecciones extranjeras que aquí eran inimaginables.
Jiménez-Blanco pone como ejemplo una exposición que marcó un hito en el coleccionismo español. Fue en 1988 en el Reina Sofía, donde se exhibió parte de la colección de el conde milanés Giuseppe Panza di Biumo. Eran 57 piezas de arte mínimal realizadas por Carl André, Dan Flavin o Donald Judd. poco se sabía de esos artistas, pero aún menos conocíamos a coleccionistas que hubieran dedicado toda una vida a apostar por el arte contemporáneo.
Vendría luego el Thyssen, Arco, y la creación de numerosas colecciones públicas y privadas que cambiaron el color del panorama artístico español.
El crecimiento fue espectacular e incontrolado, porque no solamente en el gobierno central se dieron cuenta del beneficio inmediato que el arte aportaba para la imagen del país. Las 17 comunidades autónomas se sumaron a un carro en el que no siempre predominó el sentido común y los gastos crecieron paralelos a la burbuja inmobiliaria que empezaba a contaminar el desarrollo español.
La crisis aguó la fiesta y los cuatro últimos años el decrecimiento amenaza con aniquilar lo poco conseguido en los tiempos de Solana. La mayor parte de los nuevos coleccionistas eran profesionales de la clase media. Médicos, abogados, ingenieros, arquitectos... cuya disponibilidad económica es escasa ahora. Pero las trabas y el frenazo no son solo por falta de liquidez. El informe de Arte y Mecenazgo concluye pidiendo un esfuerzo en educación y sensibilidad social. Y, por supuesto, que se acabe con una presión fiscal claramente enemiga y una Ley del mecenazo sin la cual el resurgir se contempla como imposible.

El quiste - Collage


jueves, 14 de noviembre de 2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

sábado, 26 de octubre de 2013

Jorge Barbi - Artista

DIFERENTES ACCESOS A UN MISMO SITIO
Todos los interesados en la creatividad, vengamos de donde vengamos, llegamos
a un espacio común que se manifiesta sólo cuando la obra está acabada. Antes
de eso, el autor hace un recorrido personal donde las experiencias acumuladas,
incluso las sedimentadas por las preocupaciones ajenas a lo propiamente
artístico, dan forma a ese trabajo. El único modo preciso de entender o
interpretar lo que está formalizado sería recorrer el proceso que le ha dado
origen.
Un proyecto, realizado un año antes para un espacio concreto de un Centro de
Arte, se remuneraba con una cuidada publicación individual que, en mi caso,
abarcaba una amplia revisión de mi trabajo. Tras los consiguientes meses de
preparación, después de recopilar las imágenes, escribir los textos y maquetar la
publicación, el libro llegó a la imprenta. Prácticamente cuando el dedo del
impresor se dirigía al botón de la rotativa, alguien dio la orden de parar la
máquina. El responsable de la institución había sido destituido y se paralizaron
todos sus anteriores compromisos. Más tarde, la nueva dirección me notificó que
mi libro no se publicaría.
Además de estar al margen de cualquier ética profesional, este comportamiento
implica también que desde las instituciones artísticas se puede manifestar la
misma desconsideración hacia el trabajo del creador -y lo que es más grave,
hacia su tiempo- que desde ámbitos ajenos a esta práctica: el artista es un ente
etéreo, vive fuera de la realidad, no come, es prescindible. Por eso, la pretensión
de que todos pisamos el mismo espacio sólo por cruzarnos es exagerada, y de
que el camino que recorremos alrededor del arte es el mismo, inexacta.

viernes, 25 de octubre de 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

Andréi Tarkovski, de su memoria de trabajo Esculpir en el tiempo.

"La fórmula del <<esto no lo entiende el pueblo>> siempre me ha indignado profundamente. ¿Qué se quiere conseguir con ello? ¿Quién se toma el derecho de hablar en nombre del pueblo, de verse a sí mismo como la encarnación de la mayoría del pueblo? (...) Si uno realmente aprecia a su público, está plenamente convencido de que al menos es tan inteligente como uno mismo. Ahora bien, para poder hablar con otro, al menos hay que dominar un idioma común, comprensible a los dos interlocutores. Goethe dijo en cierta ocasión que a uno sólo le dan respuestas inteligentes cuando ha hecho una pregunta inteligente. Sólo se llega a un diálogo verdadero entre el artista y su público cuando las dos partes se mueven al mismo nivel de comprensión. O al menos tienen que conocer a la perfección los objetivos que el artista se plantea en su obra".

sábado, 19 de octubre de 2013

viernes, 11 de octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

martes, 8 de octubre de 2013

Por qué no les gusta la cultura a los jóvenes - Rosa Olivares

 

Cada vez que entro en un museo me encuentro con una visita guiada de algún colegio que, más o menos dirigida por su profesor, pasea delante de los cuadros y obras de arte en general, con más bien poco interés. Lo primero que me viene a la cabeza en esos momentos es que no sólo molestan a los visitantes a los que realmente les interesa el arte sino que nunca le van a pillar el gusto a eso del arte y de los museos si tienen que ir obligados. Lo segundo que pienso es que el profesor, o la profesora, es simplemente una víctima que va tan obligada como sus alumnos.
Los chicos y chicas tontean entre ellos, se escabullen en cuanto pueden y consultan los teléfonos para ver si tienen un mensaje, hablan en voz bajita y ni miran las obras ni escuchan los comentarios del pobre profesor. Para ellos es solamente un día en el que no hay clase, les “sacan” de paseo. Raramente van a tener mayor beneficio. Lo mismo se puede decir de cuando “son llevados” a una obra de teatro o un concierto que, por lo menos y con buen criterio, se organiza sólo para jóvenes de diferentes colegios. Simplemente días libres de la rutina escolar, les da igual ir a El Prado que al Teatro Real, que al Museo del Ferrocarril. Lo mismo Schubert que Mozart que cualquier viejo de esos que no conocían el sintetizador. Nunca he entendido ese afán por sacarlos del colegio y obligarles a ir al museo (o al teatro, o al auditorio…) cuando no se les enseña a leer ni a escribir, quiero decir a contar algo a través de la escritura ni a entender lo que una serie de letras y palabras juntas significan. Ni que decir de que no tienen ni idea de nada que tenga que ver con cualquier música anterior a Los Ramones (y eso si sus padres fueron jóvenes alguna vez) o con un arte que no se pueda fijar en las paredes de la calle. Ni Velázquez, ni Goya, ni Manet, ni Picasso, ni Rothko, ni nadie. Ni historia, ni arte, ni literatura, nada de cultura no sea que les dé por pensar.
Cuando pasan los años y estos jóvenes u otros entran en un museo una mañana de domingo (día que es gratis en casi todo el mundo) con sus amigos, novia o incipiente familia, les vemos deambular perdidos por las salas, haciéndose fotos junto a las piezas, sin leer ni un solo cartel explicativo. El misterio es por qué han ido, el misterio es entender esas colas que se amontonaban en respetuosa fila delante de cada cuadro y dibujo de Remedios Varo la otra mañana en el Museo de Arte Moderno de México D.F. Tal vez sea inevitable, tal vez nuestras vidas forzosamente van a parar a un museo, tal vez a un concierto (si son gratis y en la calle, seguro). Pienso siempre en que esta situación se podría solucionar con un poco de inteligencia, con algo de interés por parte de los educadores, del sistema. Algo, al parecer, imposible.
Si no se les obligase de jóvenes tal vez no vieran la cultura como una obligación penosa. Si se reafirmase el papel de artistas y creadores, tal vez, respetarían y admirarían su trabajo, su actitud. Si supieran algo de la historia del arte, de la literatura… si se les animara a leer. Leer, ese es el núcleo. Es en los libros donde está la puerta de la imaginación, la entrada al mundo de libertad, a un lugar, a cualquier lugar mágico y maravilloso, es allí donde crece la curiosidad, y también, claro, donde se cultiva la libertad. Hace poco leía un estudio que culpaba al tipo de lectura obligatoria en los colegios de la creciente falta de interés y comprensión de los niños, de su dificultad y rechazo para leer. La causa sin duda era que “esos libros” no les gustan ni les interesan, por eso ni leen ni se esfuerzan por lo que cuentan. Si les dejaran más libertad para leer esos libros que los padres y enseñantes consideran peligrosos pero que son tan divertidos…. (y se hablaba de Roald Dhal, de Mark Twain…).
Si les dejáramos más libertad a los jóvenes, si confiáramos en que nuestro ejemplo o el entorno les orientaran hacia miles de libros, de artistas, de músicos fabulosos que en la historia han sido y son, tal vez entonces…. Pero eso sólo sucede en los libros. Por eso mientras haya un día gratis para acercarse al arte será no sólo insuficiente sino absurdo, absurdo que la entrada sea más reducida para jóvenes (no quieren ir ni gratis). Por obligación no queremos ni tomar la medicina que nos cura. Sólo tendríamos que recordar nuestra infancia y juventud, sólo tendríamos que pensar en el terrible futuro de analfabetos que estamos creando, de gente que no podrá nunca ser feliz ni por un soplo de tiempo, pues sin cultura no existe la felicidad.