jueves, 26 de abril de 2012

El Salón de los Autodidactas - Elena Vozmediano

En noviembre de 2010 se inauguró con mucho ruido político -y con protesta sindical a las puertas- el Centro de Arte de Alcobendas, un vistoso edificio en una ciudad que, con 110.000 habitantes, es más grande que bastantes capitales de provincia. Costó 30 millones de euros pero, en realidad, es más un centro cultural que un centro de arte, a pesar de que tenga tres salas de exposiciones. Cuenta además con un auditorio, una mediateca y varias aulas para actividades. En febrero se supo que Belén Poole, hasta entonces comisaria en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria, sería la directora del centro -nombramiento a dedo-, que desde su apertura ha ido dando tumbos sin que se sepa quién es el responsable último de su programación. Aquella inicial manifestación de los sindicatos se oponía a lo que se consideró una privatización pues, al parecer, buena parte de los servicios culturales están externalizados y son cubiertos por empresas. Hay o había una coordinadora, Charo Martín -que ya trabajaba en la antigua Casa de la Cultura-, y José María Díaz-Maroto, conservador de la Colección de Fotografía de Alcobendas, echa una mano organizando dignas exposiciones de fotografía y facilitando contactos, como el que permitió traer la importante colección Los Bragales, formada por Jaime Sordo.
He seguido la evolución del centro y he podido comprobar que el mérito de algunas exposiciones como la actual de Mitsuo Miura, comisariada por Pablo Llorca, que hacen imaginar hacia dónde podría caminar un centro de estas características, es ensombrecido por las que se dedican a artistas locales, muchas veces aficionados o, como ellos dicen, autodidactas. En septiembre del año pasado, en respuesta a otro grupo político, el gobierno municipal encabezado por Ignacio García de Vinuesa presumía de que, de las diez exposiciones celebradas en la Sala Anabel Segura, ocho correspondían a artistas de Alcobendas y de los once artistas o grupos que habían mostrado su obra en la Sala Punto de Encuentro siete eran de la localidad. Un error. Y un problema general en los centros culturales. Es fantástico que los ciudadanos tengan afición a la pintura y sería estupendo que todos los centros impartieran clases de arte, pero de ahí a exponer sus “ensayos” en un centro de estas dimensiones y visibilidad… El arte contemporáneo es otra cosa, más seria, más profesional, y puede hacerse una programación accesible y formativa sin renunciar a la calidad. Los ciudadanos reciben, con estas incoherencias de los centros culturales, mensajes contradictorios. Sería cruel poner en evidencia la escasa relevancia de muchos de los “artistas” que han pasado por aquí; no es culpa suya sino de quienes les han invitado o seleccionado. Pero ahora mismo tenemos en Alcobendas una exposición que me parece oportuno comentar, por el inmerecido eco social que puede tener. El protagonista es Fernando Cuétara, que resulta ser hijo del empresario de las famosas galletas. Su trayectoria profesional se limita a un par de exposiciones en las galerías Biondetta y Jorge Ontiveros de Madrid y en la Ricard Gallery de Miami. A sus inauguraciones asisten famosetes y hasta debe tener cierto éxito de ventas. Como grandes logros, se cita que sus obras están en las colecciones de Cristiano Ronaldo y de Carlos Slim. Todo tiene su explicación y todo queda en familia: Silvia Gómez-Cuétara estuvo casada con el fallecido José Luis García Cereceda, promotor de la urbanización en la que vive el futbolista, La Finca, y después tuvo una relación con el magnate mexicano. Que me da igual, pero es una pena que la gente con dinero tenga muchas veces tan poco criterio, y es inaceptable que un centro de arte público se preste a darle coba a un pintor que imita a Kiefer y a Barceló pero también hace cuadros con luces o telas arrugadas a lo informalista. Hay muchos buenos artistas jóvenes y no tan jóvenes que, contando con espacios como éste, estarían encantados de participar en un programa en serio.
Kiefer
Cuétara
Barceló
Cuétara

domingo, 22 de abril de 2012

¿?¿?¿?¿?

Collage

Levedad - Manuel Vicent

Parece que nunca como ahora, a un tiempo tan duro le ha correspondido una cultura tan leve e inane. Lo lógico es que la convulsión social libere del inconsciente colectivo un pozo negro del que se nutren los grandes artistas. El viento fétido que anunciaba la Primera Guerra Mundial engendró el expresionismo alemán y dio nombres insignes a la historia del arte. Ese movimiento estético encabezado, entre otros, por Georg Grosz, Kirchner y Otto Dix fue la proyección de una locura que presagiaba la próxima tragedia. La belleza se hallaba entonces al mismo nivel de la destrucción. Incluso la época más frívola de entreguerras, llena de sombreros blancos, pliegues en los pantalones bombachos, martinis y sonidos de jazz tuvo a un ejemplar de la altura estética de Scott Fitzgerald para representarla. Con el inicio del siglo XX llegó Picasso al frente de la vanguardia histórica; Sigmund Freud extrajo de los pasteles de Viena la mucosa sexual del subconsciente, que Joyce en el Ulises convertiría en esos pensamientos turbios e inconexos de un ciudadano vulgar, que son los de la humanidad entera, derramados por las calles de Dublín. El escarabajo de Kafka emergió de gueto de Praga como un proyecto vital, mientras toda la nostalgia evanescente de un mundo que se iba, fue hilada como un capullo de oro por ese gusano de seda que fue Marcel Proust. Steinbeck levantó acta de la Gran Depresión; después del gas mostaza de la Primera Guerra Mundial había que escalar la Montaña Mágica, de Thomas Mann; después del gas Ziklon B de Auschwitz estaban Sartre y Camus. Se achaca a nuestra época el que haya convertido el arte en una espuma llena de ocurrencias y no será porque falten alicientes de locura, confusión, sangre y fanatismo en cada telediario. Pero esta aparente levedad es solo de un espejismo. Ya no se escriben versos sobre la luna porque se ha viajado a la luna de verdad; no está Heidegger ni Wittgenstein ni Carl Popper porque la filosofía es la materia oscura de la física cuántica; se han terminado los sueños vanos porque la biología molecular ha desvelado el misterio de la vida. La poesía está en la química y si no hay novelas ni teatro es porque la ficción es ya la propia conciencia de estar vivos formando parte de las estrellas.

Lance Letscher

Time Machine #2- Collage

sábado, 21 de abril de 2012

Jeff Wall

Transeúnte- Fotográfia

viernes, 20 de abril de 2012

Dogma - David Trueba

El Rey hizo un vídeo Dogma para pedir perdón a los españoles. Reconocer que se había equivocado crea precedente en un país en el que no pide perdón ni siquiera el que le mete el dedo en el ojo al vecino. En el análisis televisivo, la grabación entronca con la escuela danesa del Dogma, que capitaneada por Lars Von Trier, introdujo el hiperrealismo de bajo coste en el cine de consumo, imponiendo restricciones como rodar sin luces artificiales, música, maquinaria de cámara y manipulación de decorados. Bajo la estela del Dogma se rodaron numerosas películas; mi favorita, Mifune. Pero como me explicó en persona el productor Peter Albeeck al visitar los estudios Zentropa, que era la concesionaria de los diplomas de adscripción al movimiento, hubo que suspender la admisión de películas porque su baja calidad resultaba insoportable incluso para los fundadores del gesto estético. El Dogma sigue siendo un estilo identificable en el cual la ficción se apropia de la estética del documental. El Rey surge, en segunda o tercera toma, con el rostro inflamado bajo el pelotazo de luz de una cámara de noticiario y cobran protagonismo las dos bisagras de la puerta posterior, que dotan a la situación del verismo de lo cotidiano. La puesta en escena nos traslada desde la suntuosa superproducción monárquica, con decorados lujosos y trajes de gala, a lo Sissi o Dónde vas Alfonso XII, hasta el cine radical más contemporáneo. Al girarse hacia la salida, el Rey retoma el gesto firme y distante, fatigado quizá del esfuerzo de monarquía-verité. La sacudida que España ha sufrido estos días es sobre todo estética. De la información tutelada y cosmética hemos pasado al hiperrealismo crítico. Se le complica mucho al pintor Antonio López la terminación de su esperadísimo retrato de la Familia Real en el que quizá haya que añadir las cicatrices que asoman. Los españoles, ay, como siempre se han envalentonado por lo más superficial y siguen sordos para lo esencial. Así, con razón se indignan por la muerte de un elefante, pero permanecen impasibles ante el exterminio de los grandes elefantes de nuestro sistema social como la sanidad, la educación y la ayuda a los desfavorecidos. Dogmas abatidos bajo el fuego del hiperrealismo sucio.

jueves, 19 de abril de 2012

El juego

El juego29x21 cm - Técnica mixta sobre cartón 2012

Tengo una cita por Manuel Hidalgo

El recién publicado libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo (Alfaguara), tiene una réplica casi frontal, pero esta réplica, curiosamente, es un libro publicado meses atrás, El intelectual melancólico (Anagrama), de Jordi Gracia. Vargas Llosa no pierde tiempo (ni espacio) en formular su tesis. En el primer párrafo de su libro, afirma -y ésta es mi cita principal de hoy respecto a una obra repleta de ideas considerables, estimulantes y subrayables- que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está a punto de desaparecer. El veredicto es alarmante y categórico, y, sea cual sea su argumentación -plausiblemente razonada en varios aspectos-, rezuma un pesimismo desolador, el pesimismo que Gracia combatía -¿con optimismo exagerado?- en su ensayo precedente. ¿Es Vargas Llosa un “intelectual melancólico”? Recomiendo vivísimamente la lectura de los dos libros, quizás en el orden inverso en el que han sido publicados: primero, el de Vargas Llosa; después, el de Gracia. El lector que me haga caso obtendrá un extraordinario y ameno material para su reflexión. En el capítulo introductorio y programático o sumarial de su ensayo, Vargas Llosa repasa -con gran utilidad para la mejor información del lector- los ensayos que, con anterioridad al suyo y desde distintas perspectivas ideológicas, ya se dedicaron a certificar la muerte o la agonía de la cultura por autores como T.S. Eliot, George Steiner, Guy Debord, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy o Frédéric Martel. Es un “digest” obviamente incompleto, pero que sitúa muy bien las coordenadas del asunto a tratar, luego desarrolladas con miniensayos completados con artículos ya publicados que operan como ejemplos o síntomas -a pie de obra- en favor de los razonamientos desplegados. La cultura, entendida inevitablemente como la alta -y honda, y transcendental- cultura, la cultura que representan las manifestaciones de la literatura y de las otras artes en su máximo nivel de calidad y de exigencia formal y de fondo, estaría en fase de demolición y extinción, sustituida por la banalidad, la trivialidad, el todo vale, la ausencia de jerarquía, la impostura, la comercialización y, sobre todo, los estragos de su propia democratización -la accesibilidad a todos-, que ha tenido como consecuencia su rebaja y su identificación con una mercancía del entretenimiento y del ocio que reduce hasta la náusea su excelencia originaria y mantenida en el tiempo, hasta situarla -lejos de las minorías que la conservaban y patrimonializaban- en una fruslería para consumidores de productos de distracción, de aspirantes a cierto estatuto epidérmico de personas cultas. El tema es inabarcable en estas pocas líneas, y el mérito de Vargas Llosa -como de su previo oponente Jordi Gracia- consiste en ofrecernos argumentos variados para que decidamos -si podemos- en qué situación estamos. Insisto: recomiendo efusivamente leer los dos libros. Me llevaría, con todo derecho y deber, otro libro hacer la síntesis de ambas argumentaciones y, no digamos, superar tal síntesis con la concurrencia de otros matices diagnósticos. La postura de Mario Vargas Llosa, a la que estamos ahora, tiene algo -bastante- de apocalíptica, y sólo diré que, en parte, es fruto de un factor que el escritor trata en el libro con rapidez: la influencia de los medios de comunicación. Los medios, en los últimos veinte años, han contribuido -como la educación escolar- a la erosión de la cultura. Vargas lo explica. Sólo diré: los medios crean realidad y, por tanto, influyen en la realidad, pero uno de los debates más enjundiosos a mantener ahora consiste en dilucidar hasta qué punto -y precisamente en lo referente a la cultura-, los medios, a la vez, no recogen la auténtica realidad y dejan fuera una realidad ajena a ellos y a sus intereses, paralela, distinta a la que como espejo dicen contener. En esa otra realidad, y por más minoritaria que sea -como siempre ha sido la cultura verdadera, aunque Vargas parezca dar a entender lo contrario-, hay más motivos para un contenido optimismo (Gracia) que para un desbordado pesimismo (Vargas). No hay duda de que la cultura pasa por problemas. Pero uno de sus problemas son los medios de comunicación -que han renunciado a ser prescriptores de lo bueno, a jerarquizar, a discernir-, lo que, a su vez, afecta al veredicto ecuánime que pueda hacerse hoy sobre la realidad y, por supuesto, sobre la cultura. Hay otra realidad, hay otra cultura que sigue siendo la cultura de siempre, que, desde luego, jamás ha sido la cultura de las masas, hoy, por otra parte, se quiera o no, más cercanas que nunca al menos a sus efluvios. Nadie dice -no digo yo- que haya que dar saltos por ello, ni, sobre todo, que no haya que reponer el peso de las humanidades y de las ciencias -también de las artes- en la escuela para retomar la posibilidad -perdida en España desde hace treinta años- de efectuar la definitiva remontada -la ampliación de la minoría-, que también haría pensarse a los medios en papel de qué hablar, a quién dirigirse y cómo, lo que de paso garantizaría -y ésa es otra historia- su supervivencia frente a Internet.

martes, 17 de abril de 2012

El muro



23x40cm - Técnica mixta sobre papel
2012

lunes, 9 de abril de 2012

A. Einstein

La mente intuitiva es un regalo; la racional, un sirviente. Nuestra sociedad honra al sirviente y ha olvidado el regalo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Y tú que lo veas por Elena Vozmediano El retrato áulico

Hace unos días se levantó una gran polvareda mediática a cuento del encargo de un retrato de José Bono para la Galería de Presidentes del Congreso. Se dijo en principio que el pintor Bernardo Torrens cobraría 96.000 euros por el cuadro pero fuentes del Congreso precisaron que serían 82.600 euros: 70.000 más el 18% de IVA. Pues que sepan que están pagando de más, porque el tipo de IVA aplicable a la venta directa de obras de arte -cuando factura directamente el artista- es del 8%. ¿Y han contabilizado la retención del IRPF? En cualquier caso, un dineral, aunque mucho menos de lo que cuesta el retrato que Francisco Álvarez-Cascos encargó en 2009 a Antonio López para la galería de ministros de Fomento y que aún no se ha presentado: 194.000 €.

Resurge, con estos casos, la polémica de los retratos oficiales. Se suele hablar del coste para los contribuyentes y del ego de los políticos pero casi nunca se habla del valor artístico de los cuadros o de la estética imperante en este tipo de obras. Aparte de la galería del Congreso y de la del Senado, son varios los ministerios que mantienen desde hace décadas galerías de titulares. No es una costumbre exclusiva de la Administración estatal: ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas la cultivan. Entre unos y otros, estamos invirtiendo cantidades muy importantes en colecciones que pueden tener un interés documental y de afirmación institucional pero que no constituyen ningún tesoro artístico. Pasa con el retrato lo mismo que con el arte eclesiástico: los mejores artistas se han desinteresado del género, que ha quedado en manos de un puñado de “pintores de corte” muy conservadores que se están haciendo de oro.

¿Por qué siempre los mismos? Hay, claro está, pintores figurativos con lenguajes más actuales que tienen la habilidad técnica necesaria para responder a esta demanda pero, o bien no parecen adecuados a los comitentes -que seguramente no quieren correr riesgos- o bien no se prestan a realizar tales servicios al poder. Las instituciones no parecen entender que, puesto que están manejando dinero de todos, deberían demostrar una gran responsabilidad y destinar esos fondos a enriquecer el patrimonio artístico público; lo que prima es el deseo de los retratados de verse favorecidos, elegantes y revestidos de “nobleza”. De hecho, son siempre ellos quienes eligen a su pintor. Se amparan en el apartado 'd' del artículo 154 de la Ley de Contratos del Sector Público, que dice que podrá hacerse un encargo directo cuando “por razones técnicas o artísticas o por motivos relacionados con la protección de derechos de exclusiva el contrato sólo pueda encomendarse a un empresario determinado”.

¿Quién podría tomar este tipo de decisiones? Muchas de las instituciones no tienen personas u órganos asesores en materia de arte contemporáneo -deberían- pero otras sí. El Estado, a falta de algo más apropiado, dispone de una Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico que tiene, entre sus funciones, la de analizar y emitir propuestas sobre “la adquisición de bienes culturales por parte del Estado que pasan a formar parte de la colección de museos, archivos y bibliotecas estatales”. Puesto que hablamos de colecciones públicas, esta Junta debería ser escuchada.

Si en verdad es necesario dar continuidad a estas galerías de retratos, sería preciso introducir una mayor flexibilidad en los medios empleados. Manuel Marín, antecesor de Bono, ha pedido a la fotógrafa Cristina García Rodero que realice su retrato y ha tenido que esperar a que Bono dejara el cargo para poder hacerlo, pues la anterior Mesa del Congreso se oponía frontalmente a tal ruptura de la tradición. Sumar al patrimonio del Congreso una obra de García Rodero es, sin duda, una buena idea, aunque no haya sobresalido ella precisamente en el retrato sino en el documento antropológico. El precio -26.000 €- es elevado, más de la cuenta, pero menos disparatado que el de los retratos al uso. Y no es Marín el primer efigiado que prefiere la fotografía: el año pasado Juan Ávila, ex-presidente de la Diputación Provincial de Cuenca, se hizo retratar por Ricky Dávila.



Como decía, hay algunos pintores que se están forrando. Pasó el reinado de Ricardo Macarrón y Álvaro Delgado. Ahora se lleva un estilo más “sereno”, más acabado, que se cotiza al alza a pesar de la crisis. Si pensamos que muchos museos españoles apenas pueden hacer adquisiciones por falta de presupuesto, cada euro que va a estos relamidos retratos parece un delito. Aquí les dejo un somero e incompleto repaso de encargos oficiales de los últimos años para que puedan calibrar las dimensiones del fenómeno: tengan en cuenta que existen otras muchas galerías de retratos institucionales que hay que engrosar a cada relevo. Como verán, la estética dominante es un hiperrealismo que emula el retrato fotográfico pero algunos personajes se salen del tiesto y muestran sus predilecciones personales, la mayoría de las veces con resultados cuestionables.

domingo, 25 de marzo de 2012

Es la enseñanza de arte un fraude?

Por: Fietta Jarque | 21 de marzo de 2012

En opinión del artista y profesor de artes plásticas durante 35 años en la universidad estatal de Nueva York, Luis Camnitzer, sí, la enseñanza de arte tal como se imparte en prácticamente todas las universidades es un engaño mayúsculo. Y para eso aporta un razonamiento muy simple que parte de su experiencia. Lo dijo hace un par de semanas en una conferencia titulada La enseñanza de arte como fraude, en la galería Parra & Romero de Madrid, y lo repetirá mañana en Bogotá, en la Universidad Nacional de Colombia. Según el artista conceptual uruguayo, las universidades venden la carrera de artes plásticas como si fuera un medio de producción para ganarse la vida. Eres ingeniero, médico, administrador de empresas o artista. Un diploma acredita que has tenido estudios superiores y se supone que con él podrás estar preparado para subsistir y mantener una familia. Camnitzer afirma que, al menos en Estados Unidos donde la mayor parte de las universidades son privadas, esto llega a ser una "caricatura obscena". La carrera viene a costar unos 200.000 dólares a cada alumno. ¿Qué espera conseguir al terminarla? Hay dos opciones: ser un artista que pueda vender sus obras en el mercado o dedicarse a la enseñanza de arte. "En los 35 años que enseñé en la universidad debo haber tenido unos 5.000 estudiantes", dijo. "De ellos no más de 500 entraron en el circuito de galerías y solo unos 20 han conseguido vivir de la venta de sus obras. Pongamos que los demás se hicieron profesores de arte, quienes a su vez perpetuarán el lucrativo sistema educativo universitario y tendrán unos 240.000 estudianes de los que solo saldrán al final unos 480 artistas". En pocas palabras, el negocio de la enseñanza se nutre a sí mismo, pero el producto que el alumno obtiene de ella es solo ínfimo. "Es una profesión deificada, lo que se enseña son técnicas artesanales. No consigue formalizar la experiencia de lo desconocido, sino acomodarnos al arte como una disciplina, una forma de producción". Para él se trata de "una enseñanza sobre cómo hacer productos y venderlos en lugar de cómo revelar cosas a través del arte".
Camnitzer, autor de libros tan iluminadores y polémicos como Didáctica de la liberación: arte conceptualista latinoamericano y otros textos, participó hace unos días en el seminario internacional Repensar los modernismos latinoamericanos en el Museo Reina Sofía. Pese a su veteranía mantiene una actitud rebelde y señala que lo que prevalece "es un modelo de pedagogía autoritaria que minimiza la posibilidad de reunión con y entre los propios estudiantes", con el objetivo de generar ideas. Parece que "los dividen entre genios e imbéciles, sin posibilidad de hacer un lugar para los creadores normales. El sistema educativo solo está orientado para identificar a los genios, algo que proviene de la época de la Bauhaus. Enseñar a tener ideas requiere más que transmitir información. El buen arte tiene la función de ser subversivo. Lo que se genera en las universidades es un arte-valium".

Cualquiera que lea esto pensará que alguien que ha hecho el juego a este sistema perverso, como un asalariado del sistema que critica, es también un cómplice. Pero Camnitzer ha caracterizado sus clases por una actitud muy acorde con lo que predica. Es una excepción, aunque se le ha permitido. "El arte puede ser utilizado como un territorio de libertad", dijo, "y analizar a través de él los procesos de toma de decisiones". Según él, el arte es el único territorio para realizar o simular acciones ilegales sin el riesgo del castigo. "El arte es un lugar donde se pueden pensar cosas que no se pueden pensar de otra manera". La clave está en la palabra pensar como "una estrategia para administrar evocaciones. Una respuesta de la que debemos deducir cuál fue la pregunta". Y concluye: "en arte es más importante hacer conexiones que crear productos".

martes, 6 de marzo de 2012

sábado, 3 de marzo de 2012

¿Hacia un futuro sin cultura?

Cuando todo es hipermercado, el arte se convierte en un foco de inversión más. Como tal, ha de ser publicitado de la manera más eficaz, tanto desde las propias instituciones como desde las empresas privadas. Asimismo, tal consideración de producto, tiñe a la obra de arte con una pátina de valores excluyentes, o sea, valores explícitos e implícitos de exclusividad.

Ese aspecto cuantitativo de la obra de arte (ese valor comercial), denota en una serie de facetas que constituyen su calidad y que, por tanto, generan interés. El éxito de la obra de arte, tanto si es actual como si no, estará determinado por la confluencia y consenso de una serie de factores, esto es, por una fórmula que, pese a la vanidosa negativa de los expertos en mercadotecnia, siempre suele ser infalible. Así, una gran exposición es tal en tanto que su éxito público está garantizado por esa serie de cocientes.

Arte y cultura

Pero dado los tiempos que corren, sabido y superado ya el recetario del éxito, cabe indagar en el valor neto del resultado, o lo que es lo mismo, cabe pensar qué lugar ocupa ese éxito. Ante la sobreabundancia de eventos relacionados con la palabra arte y con la palabra cultura, el espectador común se siente abrumado. Por su parte, el visitante de museos entiende que ya no se trata de buscar obras de arte, sino de buscar discursos expositivos que, sin ser novedosos, cuenten algo que suscite su interés particular. Hasta ahora y como siempre, el contenido del simulacro, la obra de arte, ha sobrevivido situada en el umbral de la risa o la seriedad.

El egocentrismo de artistas y críticos (y demás secuaces) ha querido que la habitual contemplación de cuadros o esculturas (fundamentalmente en las grandes instituciones) no sea otra cosa que un discurso, una articulación más o menos lógica y más o menos coherente de ideas propias. La asunción, en definitiva, de una idea centrípeta de las artes como una parte más del reloj social, con la cual se hace política y se genera riqueza.

Por su parte, la prensa cultural, especializada en promover el lado más nefasto del espectáculo, ha vulgarizado el arte hasta convertirlo en un dolo indigesto, sostenido por explicaciones grandilocuentes o sucintas, que no hacen otra que cosa que uniformar a muchos lectores que, aún hoy, creen que los cuadros están pintados con ideas o forjados bajo una serie de nobles y elevadísimos absolutos, cuando en realidad, están elaborados a partir de necesidades estrictamente fisiológicas. Quizá la tarea inmediata de todo el entramado del arte y de todos sus sabios, sea declarar que no hay plan oculto.

¿Hacia un futuro sin cultura?

La desconfianza hacia las nuevas tecnologías ha desaparecido y el ejercicio de hiperrealidad ha normalizado el discurso estético, aunque no todas sus posibles connotaciones. Y aunque el arte ya no explica nada, sí sigue implicando a los sentidos, razón por la cual podrá ser exhibido en comedores, letrinas y dormitorios. Todos lugares aptos tanto para la lectura como para la expresión gráfica. Renunciadas las glorificaciones, habrá que estar atentos a todo eso que sucede en expresiones efímeras, desde las más escatológicas y burdas, hasta otras algo menos viscerales.

Los museos han entrado ya en un híbrido que se conoce con el nombre de turismo cultural. La guía turística, desvirtuada suerte de 'el grand tour' que irrumpió con fuerza en los albores de la Edad Contemporánea, acaba presentando los museos como grandes cajas de joyas, una escala más en el tocador. Por contra, muchos equipos de curadores e historiadores del arte sin voz pública ni reconocimiento, trabajan de manera incesante en la otra cara de la moneda. Un Estado moderno ha de garantizar la democratización de la cultura, pero la difusión de contenidos no debería suponer una vulgarización masiva de productos.

Por otro lado, los programas educativos (tanto de enseñanza primaria como secundaria) carecen de competencias sólidas relativas a la educación por medio del arte, formando meros consumidores. No se potencian ni contemplan en los currícula las aptitudes estéticas de los estudiantes, como tampoco se fomenta un estudio coherente sobre ellas.

Consagrada la norma de la seducción, la intimidad terminará por revelarnos con qué sensación nos quedamos. Mientras tanto, seguiremos haciendo literatura barata y esperando, ávidamente, que una mente lúcida suelte una estruendosa carcajada en medio de un museo.

Hoyesarte, diario de arte.

jueves, 1 de marzo de 2012

Nayeli Nesme opinión sobre el artículo: ¿Hacia un futuro sin cultura?

Qué interesante me ha resultado este artículo. La música, la más vulgarizada y mercantilizada de las artes, ha sido pionera al respecto. Tanto que, en México, algunos programas becarios y académicos, hacen una grave separación entre Arte y Música. A mi parecer, la tendencia es mundial. Muchos artistas de generaciones intermedias luchamos día a día con el acertijo de lo que esto significa y sus implicaciones. Muchos tendrán cabida, pero habemos quienes seguimos siendo una resistencia estética y conceptual frente a las corrientes que banalizan la vocación del arte. A propósito y, en contraste, me permito extraer un artículo del compositor sinfónico, naturalista y conservacionista mexicano, Federico Álvarez del Toro, de su columna CONTRACULTURA, del diario chiapaneco, Cuarto Poder.
“Los Sobrevivientes”
“Los sobrevivientes”, comparten una sensibilidad parecida. Es una generación huérfana de Ángeles y Demonios. Los sobrevivientes son callados, les emociona hablar de la década dorada, y los ruboriza, porque vienen de una guerra ideológica que dejó heridos y muertos. Escuchan en la intimidad un arsenal de música, que les ayuda a sobrellevar el mundo material. Leen y siempre encuentran las palabras exactas que necesita su alma para pasar el día. Sus encuentros humanos son intensísimos y profundos. Si tienes por aliado un sobreviviente, es una amistad que durará por siempre. Son buenos para compartir la soledad existencial y para negociar la muerte. Puedes llamarles en las madrugadas para contarles tus penas, la pobreza o las injusticias. También poseen un brillante humor negro y son excelentes para reírse de todo. Saben que la pobreza y la riqueza son relativas. Que todo es una farsa y se burlan de las representaciones teatrales políticas y las apariencias. Los sobrevivientes de la cultura son adolecentes eternos, niños asombrados, guerreros incansables. Por ello es difícil predecir su edad con exactitud. Son jóvenes maduros con almas antiquísimas. Hombres y mujeres a mitad de la vida, a los que no les falta nada, pero sienten que lo han perdido todo, viven en una especie de orfandad cósmica. Casi siempre andan solos, tienen la mirada penetrante, suelen ser interiormente libres e intelectualmente brillantes. Tienen capacidad de análisis agudo. Ven a la sociedad tal como es, viven en ella y a la vez no, como si pertenecieran a otro orden de las cosas. Los sobrevivientes crearon su propio universo moral. Las reglas de las masas no rigen su vida, ni se guían por modas, fechas o costumbres. Transgreden horarios y normas, son impredecibles. Pueden compartir su cena con reyes o indigentes y ser igualmente felices. Los sobrevivientes tienen la sonrisa bonita, son agridulces. Vulnerables para el afecto y tántricos en la intimidad, no tienen prisa para terminar de amar. La vida pasa a su lado y les desliza lágrimas por una piel impermeable, dura y tatuada de cicatrices. Los sobrevivientes que vivieron la contracultura son desadaptados. Disfuncionales en la vida y funcionales en el arte. Los sobrevivientes de la música de la edad de oro aman el café y las conversaciones irreverentes. Viven sin más expectativa que el hoy y por eso, son insustituibles.

lunes, 27 de febrero de 2012

Sverne Fehn

“Prueba a hablarle a una piedra y sentirás una
mística resonancia. Háblale a una cadena de
montañas, resonará como un espejo. Escucha un
bosque cubierto de nieve, y oirás el silencio.”

martes, 14 de febrero de 2012

Las artes en la Comunidad Valenciana (Diario Levante)

ALFONS GARCIA VALENCIA
La situación del arte en la Comunitat Valenciana vuelve a ser objeto de crítica desde fuera. La gestión del IVAM o el nombramiento de una política al frente del Museo San Pío V fueron motivo de textos de desaprobación en 2011 por parte de organizaciones de críticos y artistas. Al poco de abrirse 2012, los últimos cambios en la sala Parpalló han propiciado la "enérgica protesta" del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), que ya se adhirió a algunas de estas denuncias.
La organización en cuestión, compuesta por más de 400 profesionales (entre artistas, galeristas o críticos), expresa ahora su "repulsa" por la "fusión" de la histórica sala con el MuVIM y por la salida de su su directora, Ana de Miguel. Supone una etapa más, dice, en "el desmantelamiento progresivo de las estructuras del arte actual en la C. Valenciana".
El "deterioro", argumenta, "se viene orquestando desde hace una década" y el resultado es el paso de un panorama artístico "de primer orden" a "una situación que no corresponde a una población de más de 5.000 habitantes".
El Instituto de Arte Contemporáneo une el último cambio en la Parpalló a "la programación errática e incoherente del IVAM", la desaparición de galerías -la última, Val i 30; antes fueron Tomás March, My name's Lolita Art o Estil-, el abandono del Centre del Carme como espacio exclusivo para el arte contemporáneo y la incertidumbre sobre las obras sociales de las cajas de ahorro.
También subraya la "continua rebaja" de los presupuestos asignados, la supresión de puestos de trabajo ligados al sector y la marcha de "muchos artistas, comisarios, gestores y críticos de prestigio a otras ciudades y países".
Esta "depauperación" de lo relacionado con lo artístico "constituye un síntoma alarmante frente al cual no se entiende la aparente indiferencia de los responsables de la cultura en la C. Valenciana".
La plataforma, promotora del Documento de Buenas Prácticas en Museos y Centros de Artes, ofrece diálogo a los responsables políticos valencianos para elaborar un plan estratégico de las artes visuales e insiste en reclamar mayor transparencia y una revisión de las políticas culturales.

jueves, 5 de enero de 2012

Corrupción y abuso contra los artístas en ayuntamientos y centros culturales públicos


Casa de Vacas, en el parque del Retiro. Fotografía: Gonzopowers.


Los ayuntamientos, centros culturales, instituciones, museos, bancos, cajas de ahorros, etc. suelen pedir con frecuencia a los artistas dinero de alquiler por sus espacios de exposiciones, cuando no una obra de arte para sus fondos, colecciones particulares u otros destinos. Esto no obsta para que llamen política cultural a las actividades de exposiciones de artes plásticas en su seno.
Esta actuación anti-cultural es algo más que malas prácticas. Si un ente cultural público dispone de un presupuesto destinado a Cultura y tiene el comportamiento de negocio recaudatorio descrito en el párrafo anterior, esta “anti-política de Cultura” es vergonzante y vergonzosa. Un abuso y una corrupción. La gestión de la madrileña Casa de Vacas en el parque del Retiro es una competencia desleal y un principio para generar confusión general. Es un proceso contracultural, que destroza la igualdad de oportunidades.
Esta es una corruptela o malas prácticas cuando se denomina política cultural a esas actividades oportunamente pagadas vía dinero u obra de arte, lo que equivale en definitiva a permuta, trueque o intercambio de servicios, pero no a política cultural como hace constar en sus programas de avance o de fiestas, como si aquello fuera propio de la liberalidad de la concejalía de Cultura de la Casa Consistorial correspondiente.
Cuando algunos artistas o críticos de arte les advierten de esa mala práctica, la respuesta es fulminar con la mirada, poner la lupa de la desconfianza sobre ellos y terminar por denegar la posibilidad de que vuelvan a exponer en sus salas.
“Todos los ayuntamientos de la sierra madrileña lo hacen” fue la respuesta de un concejal de Cultura de un pueblo de la Comunidad de Madrid, cuando alguien le objetó sobre el asunto. Esto quiere decir que quizás sea conveniente que la Comunidad de Madrid regule un mínimo para evitar los abusos en ese campo, máxime cuando hay concejales o concejalas de Cultura que pretenden elegir el cuadro o escultura para sí el mismo día o al día siguiente de inaugurar la exposición que no va a durar más allá de quince días.
“Señora, déjeme ver al menos si vendo alguna, antes de elegir la obra”, le dijo un pintor de Madrid a una concejala de un ayuntamiento de la sierra madrileña que a la mañana siguiente de la inauguración de la exposición, como señora de horca y cuchillo, se presentó a elegir la pieza deseada. Una exposición en la que el artista debía de vigilarse las horas de apertura y cierre, además de poner el jabón y papel higiénico en el WC porque no se suministraba (lamentamos ponernos escatológicos).
Lo dicho: ¡Un abuso de políticos descarados!
Además, cuando se pide el inventario para conocer el número o los nombres de los artistas que han donado obras, esos ediles municipales de cultura evaden sistemáticamente las respuestas. Son mayoría los artistas que recelan de que las obras de arte “donadas” se encuentren en su totalidad en los fondos municipales.
Ayuntamientos e instituciones cargan así con dureza sobre los artistas plásticos, algo que no suelen hacer con conferenciantes o músicos, por ejemplo, cuando a éstos les pagan a la hora de contratarlos para fiestas, festejos y actuaciones.
La situación se agrava con motivo de la crisis en que vivimos, cuando estamos viendo que espacios como la Casa de Vacas de Madrid, perteneciente al Ayuntamiento de Madrid, se alquila al mejor postor y no siempre al mejor artista. Los ediles han descubierto la ubre del alquiler para ingresar más dinero en las arcas, con lo cual sólo expondrán quienes pueden pagarlo.
Cierto que este tema compete más a las asociaciones de pintores, escultores, artistas y acuarelistas que a la Asociación de Críticos de Arte, pero como el circuito es el mismo y observamos con harta frecuencia estos hechos que se nos antojan injustos, queremos denunciarlos en nuestra página web para que se haga llegar a quien proceda (esperamos la reciprocidad de defensa de los críticos por parte de los artistas cuando proceda).
Otra cosa distinta son aquellos casos en que los artistas, agradecidos o generosos, donen de verdad, sin presión, una obra de arte, “gratis et amore”, a la institución que les ha brindado la oportunidad de exponer; pero exigirlo como se hace, de modo casi sistemático en ayuntamientos y fundaciones denominadas sin ánimo de lucro, nos parece no solo un abuso sino un escándalo que hay que corregir, máxime en tiempos de crisis y extrema necesidad para muchos artistas.
Asociación Madrileña de Críticos de Arte

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Arte o mercado?

A la vista de los resultados hasta la fecha de los distintos sistemas de organización política y económica del mundo, está claro que la democracia, junto con el sistema liberal de mercado, ha sido el más eficiente. Salvo contadas excepciones, los países que han garantizado la propiedad privada, se han abierto al comercio exterior y han instaurado la libertad de pensamiento y de comercio han logrado desarrollarse y prosperar.

La posibilidad de lucrarse estimula a las personas a ser emprendedoras, a trabajar y a invertir. La base del sistema del mercado es la libertad del individuo para ofertar y demandar. El intercambio es la esencia del libre comercio, y su lenguaje, el dinero.

En los países desarrollados, el mercado lo ha invadido todo, incluso el arte. Atrás han quedado los años en que los reyes, papas o mecenas lo financiaban. Hoy, la cultura sólo halla financiación en dos espacios: la Administración o el mercado. Ante tal dicotomía surgen voces a favor de una u otra opción.

La cultura debe ser subvencionada. Los que así piensan aducen que los mercados no tienen piedad y los rige el lucro. Sólo si una cierta forma de arte es rentable recibirá apoyo del capital. No hay espacio para un arte que, a pesar de tener un alto valor intelectual, tenga pocos seguidores. Ésta es sólo una parte del problema, porque, además, no todos los mercados son iguales. Pero los medios de comunicación anulan las diferencias, hacen uniformes los estilos de vida, los gustos, los valores y los parámetros estéticos. Se ha llegado así en este último siglo a una especie de ultrademocratización de la estética.

Las industrias musical y literaria, la pintura o la arquitectura adivinan lo que el mercado va a acoger. A partir de ahí lo ejecutan, lo comunican y lo establecen. El público lo absorbe, realimentando una rueda que provoca un efecto bola de nieve que concede cada vez más poder a la industria y, por ende, al capital.

Pero no todo acaba ahí. El capital rentabilizará el arte en caso de que los demandantes entiendan y aprecien lo que compran. De alguna forma, citando a Valle-Inclán, “incluso en la democracia hay diferencias técnicas, señora portera…”. Así, unos votos valdrán más que otros si su nivel cultural y educativo es más elevado. Cuenta igual el voto de la portera que el del intelectual, claro que sí, pero el nivel intelectual de ambos no es el mismo. Eso también está claro.

Ante esta clase media creciente y cada vez más estandarizada en sus preferencias, el mercado olvida los extremos y la diversidad, se concentra en lo medio y en lo mediocre: en el arte comercial. Recuerden la primera edición de Operación Triunfo. Varios cantautores expusieron su preocupación por el cariz que el arte comercial estaba tomando. Si no se apoya o se ayuda al artista que desoye las voces del mercado para escuchar la verdadera voz de su inspiración, este artista desaparecerá. Ya se sabe. Igual que el mercado olvida a los indigentes, los artistas marginales también morirán de hambre. Por tanto, los fondos públicos deben financiar el arte. O eso, o será el final del arte verdadero.

Vamos ahora con la tesis contraria:

El arte no debe financiarse con dinero de los ciudadanos. Los argumentos que aquí se esgrimen son los propios del liberalismo económico. ¿Por qué no se da libertad a los individuos para decidir qué les gusta y qué no? ¿Por qué un consejo de sabios debe decidir la cultura que debe financiarse con impuestos? Parece que entremos en un patriarcalismo que considera que los ciudadanos no pueden discernir qué es artístico y qué no. “Dennos su dinero, y nosotros, los gobernantes, lo utilizaremos para financiar el arte que ustedes nunca pagarían porque no sabrían apreciar”.

E incluso aceptando lo anterior… ¿qué artista es al que hay que financiar? ¿Qué iluminado está en posesión de esa verdad? Ahí entrarán los intereses políticos o las preferencias o inclinaciones personales, los amiguismos… La forma de ventilar estos problemas es que cada uno se pague la cultura que desea de su propio bolsillo. Dicen: las personas son libres, y nada ni nadie tiene por qué utilizar su dinero para algo que no sean bienes de uso público, defensa, seguridad, salud y educación pública, o beneficencia.

El siguiente argumento es contundente: en el pasado también había arte que no tenía valor. Sólo el arte de valor sobrevive. También en la época de Mozart o de Bach había infinidad de compositores comerciales que han sido olvidados. Y no vale eso de que también los artistas del pasado estaban subvencionados por los nobles, papas o monarcas, porque si agrupáramos a todos los pintores, músicos o escultores de la historia a los que más valor se les otorga, hoy veríamos que son mayoría los que estaban fuera del circuito.

Por otro lado, en todas las épocas el artista ha podido hacer arte comercial si lo deseaba o necesitaba. Muchos músicos componían piezas por encargo para celebraciones rigiéndose por los cánones del momento y renunciando de forma parcial a sus propios gustos. Al final, una decisión del artista es crear según sus parámetros, según las exigencias del público, o buscar un equilibrio en un punto intermedio entre ambos. Un amigo, músico profesional, profesor en la Escuela Superior de Música de Catalunya, me dijo en cierta ocasión que las composiciones que han hecho avanzar la concepción armónica de su momento son casi siempre piezas tristes o melancólicas. En el dolor está el arte. Es el artista el que debe decidir si quiere sufrir o no. Nadie le exige que escriba, componga o proyecte creaciones que nadie vaya a comprender y valorar hasta al cabo de muchos años por haberse adelantado a su tiempo.
El tercer factor

En mi opinión, este debate pierde bastante intensidad en los países en que el nivel educativo de la población es elevado. Dicho de otra forma: el problema no es el mercado frente a la subvención, sino la educación y la cultura frente a la degradación del individuo. En la medida en que la gente adquiere sensibilidad, en que se divulga el arte, en que aumenta el número de personas que leen tanto novelas como libros de autoayuda, que aprecian el sonido de un violín tanto como de una guitarra eléctrica… los mercados adquieren también nivel. Y no sólo eso. También la diversidad se extiende y aparecen oportunidades para todos.

Así es: lo comercial y lo artístico se fundirían bajo una demanda culturizada. De arte o mercado se pasaría a arte y mercado. Los programas de televisión basura dejarían de concentrar audiencia, los que ventilan intimidades de algunos dejarían de encontrar anunciantes, las películas de violencia pura y dura no hallarían salida, y la música sin alma dejaría de encontrar oídos. Mientras, el debate sigue.

Fernando Trías de Bes es profesor de Esade, conferenciante y escritor.