sábado, 30 de marzo de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
jueves, 21 de marzo de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
"La culpa es del cha-cha-chá" ROSA OLIVARES
Últimamente parece que nadie es responsable de lo que ha sucedido en su entorno. Nuestros hijos son unos ágrafos, por lo general malos estudiantes y que esperan vivir bien sin trabajar… pero como padres no nos sentimos responsables, la culpa es de la sociedad. Nuestros políticos son un desastre, un atajo de corruptos, pero nosotros no tenemos la culpa aunque les votemos cada vez que hay elecciones aún sabiendo que van a aprovecharse de nuestros impuestos para amasar sus fortunas. La culpa es del cha-cha-chá. Lo mismo sucede en el mundo de la cultura, si no se compran libros nadie se plantea que, tal vez, sólo tal vez, es que los autores y las editoriales no consiguen interesar al lector, y tal vez, sólo tal vez, deberían fijarse en que sigue habiendo autores que arrasan en cada nuevo título que publican, y no me refiero a esos best-sellers tan mediáticos que se leen sin dejar rastro detrás de ellos. No hablo de dinero, sino de cultura. Y sobre todo hablo de responsabilidad.
Todos tenemos responsabilidad en lo que hacemos y en lo que no hacemos. Habría que pedir responsabilidades a los que formando parte de un jurado de expertos nombran directores de museos que luego no funcionan, no cumplen lo prometido, y más aún habría que pedir cuentas a esos directores que dirigen museos vacíos de público, con programaciones incomprensibles y que nada o poco tienen que ver con las ciudades, los públicos y las sociedades en las que están situados. No se trata de exponer murcianos si estamos en Murcia, sino de tener una programación coherente, posible y que pueda interesar al público. Se trata de tener unas actividades coherentes con la programación y consigo mismas, no de llenar el programa con un aluvión de ofertas, se trata de incentivar el interés, de activar la pasión por el arte, la curiosidad.
La culpa de todo este desbarajuste, de este panorama desértico no la tiene solamente el dinero, la falta de él, ni el miedo a no tener ese dinero. Ni las presiones políticas, que las hay y de todos los colores. Lo he escrito muchas veces ya en este mismo lugar: en España se han cerrado, o se han anulado, borrado, museos que funcionaban bien, con presupuestos mínimos, que tenían público fiel, seguidores y contenido. No ha sido por dinero, ha sido por decisiones políticas, y de esto hay siempre responsables. Son responsables los políticos que no saben ver la importancia de la cultura, son responsables los políticos ignorantes y los políticos ladrones. Son responsables todos aquellos que no han sabido defender los intereses de la sociedad. Pero también son responsables todos esos directores de museos que con su sueldo, mejor o peor (casi siempre bastante aceptable) se dedican a hacer sus propias carreras a expensas de los presupuestos públicos, aquellos que ya consideran todo su trabajo realizado, aquellos que programan en función de su interés por los contactos internacionales, son responsables todos los que desprecian la asistencia de un público para el que trabajan, del que cobran. Son responsables todos aquellos que se amparan en la crisis para esconder su falta de interés por el museo que dirigen, por la sociedad para la que trabajan. No es culpa de la crisis, tal vez esas actitudes hayan ayudado a que esta crisis sea tan profunda y tan extensa, una crisis que supera ampliamente el perfil de la economía para adentrarse en una crisis de valores éticos y morales. La culpa, naturalmente, es del cha-cha-chá.
Cuando hablamos de corrupción hay que señalar que no es sólo lo que hace ese señor de abrigo con cuello de piel y cuentas en Suiza, sino lo que han hecho muchos de los directivos culturales de un país en el que nadie pide ni asume responsabilidades. Si los museos están vacíos, son sus directores los que deben tomar medidas, buscar soluciones, es su responsabilidad. Son como el capitán de un barco, el alto mando. Sobre ellos efectivamente están los políticos, pero siempre se puede dimitir como acción de queja, cuando tu responsabilidad te lo exija. Hablar, comunicar, informar de las causas de un mal funcionamiento, de una situación política intolerable… pero nadie dice nada, esperando saltar de un museo a otro, sin enemistarse nunca con los poderes políticos, los que algún día pueden volver a llamarte. O no. El problema no es sólo el dinero, es también el silencio cómplice, la falta de responsabilidad. Porque al final, todos somos responsables en alguna medida no sólo de nosotros y de lo que hacemos, sino de mucho más. Con nuestros silencios también somos cómplices".
sábado, 16 de marzo de 2013
viernes, 15 de marzo de 2013
jueves, 14 de marzo de 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
martes, 5 de marzo de 2013
sábado, 23 de febrero de 2013
Exposiciones iguales - Por Estrella de Diego
Sin título, de Nasreen Mohamedi.
¿Se han fijado? Por mucho que nos esforcemos, a menudo cuesta ver algo distinto cuando decidimos ir de exposiciones. Echemos un vistazo a los principales museos de las principales ciudades europeas y norteamericanas en estos últimos meses, incluso años. La sorpresa –o más bien la falta de sorpresa- es flagrante: en todas partes se exponen las mismas cosas y semejantes artistas o, por lo menos, cosas y artistas muy parecidos. La mirada se siente, así, atrapada en lo idéntico, una forma como otra de manipular a los espectadores, de negarles el derecho a decidir qué les gusta y qué no les gusta; de negarles, en primer lugar, pluralidad en la información. Ya se sabe que vivimos en una sociedad que prefiere conocer a reconocer, pero ¿no es esta maniobra insólita, exponer siempre lo mismo, hablar siempre de lo mismo, cierta estrategia para ocultar datos?
Es paradigmático el caso de ese cajón de sastre llamado “impresionismo”, que recoge bajo su paraguas de “gusto seguro” –como escribiera en sus acusaciones al Pop Clement Greenberg, factotum del Expresionismo Abstracto- variaciones sobre el mismo tema que van desde Gauguin a Renoir o Van Gogh hasta algunos realistas. Por el mundo entero proliferan estas muestras que buscan llenar las salas y, sobre todo, las cajas registradoras. Da igual que los Gauguin o Renoir sean frecuentemente de segunda fila: cuentan el nombre y la leyenda alrededor del nombre. Luego, en las salas, todo se mezcla, a menudo sin ton ni son, y da igual lo que se vea porque lo que se viene buscando es el halo del “genio” -cosas de la sociedad de masas, vaya pesadez.
Pero que nadie me malinterprete. Entiendo que es importante tener visitantes, que las colas son llamativas y apelan a otras colas, aún así, ¿no sería genial que se incitara a todo ese público -qué término tan obsoleto- fiel a ver más allá que el “gusto seguro”, que se le acostumbrara a ver cosas que no fueran la oreja de Van Gogh, las tahitianas de Gauguin o los paisajes de Monet? “Es lo que pide el público”, argumentan algunos. No sé hasta qué punto es verdad, dado que el público pide lo que conoce. Y aunque fuera cierto, tal vez se podría alternar un poco de lo que gusta ver al gran público con aquello que se visita menos –porque se conoce menos, insisto. Esa es la labor de los comisarios y los responsables de los museos: buscar modos de atraer visitantes a través de fórmulas novedosas -¿no decían los de mayo del 68 “la imaginación al poder”? Al final, este tipo de proyectos tan extraseguros que atraen masas y masas, lo único que consiguen es que la mirada de homogenice más si cabe de lo que ya parece estarlo en un momento histórico aburrido y convencional. ¿No se puede presentar algo sorprendente, aunque sea de vez en cuando?
En la penúltima adquisición, Warhol, está claro que su material fotográfico ha sido desde cualquier punto de vista uno de los puntos de novedad, como se puede ver en la muestra de polaroids de Londres –en Privatus hasta primeros de marzo. Éxito seguro porque, además, los medios tienden a hablar siempre de Warhol –o Dalí, Miró, Picasso, etcétera- y de los “impresionistas” que, aunque parezca mentira, tienen aún muchísimos seguidores.
Una cosa está clara: no sé si lo que está fuera de los centros de poder necesita de éstos para alcanzar la “visibilidad”, como se dice ahora –que creo que sí y la Tate Modern es un ejemplo claro con fenómenos como el de Ai Weiwei o Doris Salcedo. Lo que está claro es que esos centros de poder necesitan a los mal llamados bordes, que quizás lo fueron y ahora son casi el centro, para alimentar su voracidad.
miércoles, 20 de febrero de 2013
martes, 19 de febrero de 2013
Manifiesto en defensa de la cultura y las artes
Barcelona, 19 de febrero de 2013
Nos dirigimos mediante este texto a la opinión pública y a las distintas instituciones que regulan o condicionan la política cultural, sobre todo a nivel estatal, pero también autonómico y local. Lo hacemos porque consideramos que es necesario y urgente replantear la política y la legislación que afecta a las artes y a todas las ramas de la cultura, incluidas la educación y la investigación científica.
Entendemos que la actual crisis exige más que nunca responsabilidad, mesura y buen criterio en las inversiones en cultura, educación e investigación, pero consideramos que la política cultural debe evitar en cualquier caso la destrucción de un tejido social y cultural que ha costado muchos años construir.
Queremos señalar como especialmente ineficaz y dañina la reciente subida del IVA al 21 por ciento aplicada a las artes plásticas, la música, el cine y las artes escénicas. En primer lugar esta medida se sustenta en una equivocada consideración de las artes como mero espectáculo. Ello es especialmente grave si tenemos en cuenta que los espectáculos deportivos como el fútbol gozan de un trato fiscal privilegiado.
En pocos meses esta subida del IVA ha empezado ya a destruir lo que miles de personas han logrado construir con esfuerzo a lo largo de muchos años.
Consideramos que la desproporción entre las cantidades que se van a poder recaudar tras esta subida y la enormidad de los daños causados directamente por ella es tal que no tiene sentido alguno, a no ser que el propósito sea aniquilar la cultura. En este sentido debemos recordar que:
Pedimos que el Gobierno español rectifique su actual política cultural. En primer lugar y con carácter urgente pedimos que se anule la subida del IVA al 21 por ciento y que se aplique un IVA reducido a todo tipo de manifestaciones artísticas y culturales.
Sabemos que incluso a corto plazo esta subida está siendo ya muy dañina y que, si no se rectifica, va a causar una cadena de quiebras y cierres de pequeñas, medianas y grandes empresas culturales y en pocos meses nos puede privar incluso de las manifestaciones que gozan de mayor prestigio y éxito a nivel local e internacional. Corren peligro de cierre o de degradación incluso prestigiosas galerías, ferias, centros y museos de arte, así como festivales de música y de artes escénicas que antes de la subida del IVA no sólo eran viables, sino incluso plenamente exitosos. Y que ahora son inviables, pues sus precios ya no son competitivos a nivel internacional. Que un festival musical de gran éxito como el Primavera Sound se plantee abandonar Barcelona y trasladarse a Francia y a Portugal a causa del IVA es un síntoma inequívoco y preocupante.
La destrucción de estas manifestaciones artísticas y culturales es grave por sí misma, pero comporta además una gran disminución de ingresos en todos los sectores que hasta ahora se habían beneficiado del atractivo turístico que la buena oferta cultural proporcionaba. Para empezar, todos los sectores vinculados al turismo cultural (restauración, turismo, hostelería, viajes, transportes, comercios…). El efecto resultante de todo ello será una grave destrucción económica, una gran disminución de los beneficios y, en consecuencia, una recaudación de impuestos mucho menor. Justo lo contrario de lo que esta medida pretendía.
Consideramos que el Gobierno español debe buscar otras vías para recaudar impuestos, sin dañar la economía productiva y sin destruir a la clase media, base de toda sociedad digna y de toda economía competitiva. Bastaría con gravar las operaciones claramente especulativas y con evitar el endeudamiento excesivo del Estado y de los ciudadanos a causa de los intereses bancarios.
Queremos recordar que al Estado no le haría falta aumentar las inversiones en cultura si se decidiera a hacer una ley capaz de fomentar el mecenazgo. El problema es que cada vez que un responsable de Cultura del Gobierno español intenta llevar a cabo una Ley del Mecenazgo comparable con la de los países civilizados más eficaces, un responsable de Hacienda se lo impide.
Por ello queremos finalmente recordar que la cultura es, además, un excelente motor económico, que tiene una extraordinaria capacidad para proyectar una imagen positiva y atractiva de un país o de una ciudad, y que indirectamente fomenta en gran medida la actividad económica en otros sectores, por ejemplo el turístico y el comercial. Piensen en lo que sería Barcelona sin Gaudí o Madrid sin el Museo del Prado. Es un hecho que ni las obras de este arquitecto ni las colecciones de este museo hubieran sido posibles sin un generoso mecenazgo.
Dicen que rectificar es de sabios. Rectifiquen antes de que sea demasiado tarde.
Firman:
Nos dirigimos mediante este texto a la opinión pública y a las distintas instituciones que regulan o condicionan la política cultural, sobre todo a nivel estatal, pero también autonómico y local. Lo hacemos porque consideramos que es necesario y urgente replantear la política y la legislación que afecta a las artes y a todas las ramas de la cultura, incluidas la educación y la investigación científica.
Entendemos que la actual crisis exige más que nunca responsabilidad, mesura y buen criterio en las inversiones en cultura, educación e investigación, pero consideramos que la política cultural debe evitar en cualquier caso la destrucción de un tejido social y cultural que ha costado muchos años construir.
Queremos señalar como especialmente ineficaz y dañina la reciente subida del IVA al 21 por ciento aplicada a las artes plásticas, la música, el cine y las artes escénicas. En primer lugar esta medida se sustenta en una equivocada consideración de las artes como mero espectáculo. Ello es especialmente grave si tenemos en cuenta que los espectáculos deportivos como el fútbol gozan de un trato fiscal privilegiado.
En pocos meses esta subida del IVA ha empezado ya a destruir lo que miles de personas han logrado construir con esfuerzo a lo largo de muchos años.
Consideramos que la desproporción entre las cantidades que se van a poder recaudar tras esta subida y la enormidad de los daños causados directamente por ella es tal que no tiene sentido alguno, a no ser que el propósito sea aniquilar la cultura. En este sentido debemos recordar que:
- Si se desprecia la cultura vamos hacia un pensamiento único y hacia la incapacidad para el diálogo y la cooperación.
- Si se destruye la cultura estamos condenados a la barbarie.
- Sin cultura no puede haber libertad, pues no hay libertad de elección sin conocimiento y sin responsabilidad.
- Por ello sin cultura no puede haber democracia, y en consecuencia tampoco puede funcionar con plenitud la economía.
- Si se descuida la cultura se produce una rápida decadencia general de toda la sociedad.
Pedimos que el Gobierno español rectifique su actual política cultural. En primer lugar y con carácter urgente pedimos que se anule la subida del IVA al 21 por ciento y que se aplique un IVA reducido a todo tipo de manifestaciones artísticas y culturales.
Sabemos que incluso a corto plazo esta subida está siendo ya muy dañina y que, si no se rectifica, va a causar una cadena de quiebras y cierres de pequeñas, medianas y grandes empresas culturales y en pocos meses nos puede privar incluso de las manifestaciones que gozan de mayor prestigio y éxito a nivel local e internacional. Corren peligro de cierre o de degradación incluso prestigiosas galerías, ferias, centros y museos de arte, así como festivales de música y de artes escénicas que antes de la subida del IVA no sólo eran viables, sino incluso plenamente exitosos. Y que ahora son inviables, pues sus precios ya no son competitivos a nivel internacional. Que un festival musical de gran éxito como el Primavera Sound se plantee abandonar Barcelona y trasladarse a Francia y a Portugal a causa del IVA es un síntoma inequívoco y preocupante.
La destrucción de estas manifestaciones artísticas y culturales es grave por sí misma, pero comporta además una gran disminución de ingresos en todos los sectores que hasta ahora se habían beneficiado del atractivo turístico que la buena oferta cultural proporcionaba. Para empezar, todos los sectores vinculados al turismo cultural (restauración, turismo, hostelería, viajes, transportes, comercios…). El efecto resultante de todo ello será una grave destrucción económica, una gran disminución de los beneficios y, en consecuencia, una recaudación de impuestos mucho menor. Justo lo contrario de lo que esta medida pretendía.
Consideramos que el Gobierno español debe buscar otras vías para recaudar impuestos, sin dañar la economía productiva y sin destruir a la clase media, base de toda sociedad digna y de toda economía competitiva. Bastaría con gravar las operaciones claramente especulativas y con evitar el endeudamiento excesivo del Estado y de los ciudadanos a causa de los intereses bancarios.
Queremos recordar que al Estado no le haría falta aumentar las inversiones en cultura si se decidiera a hacer una ley capaz de fomentar el mecenazgo. El problema es que cada vez que un responsable de Cultura del Gobierno español intenta llevar a cabo una Ley del Mecenazgo comparable con la de los países civilizados más eficaces, un responsable de Hacienda se lo impide.
Por ello queremos finalmente recordar que la cultura es, además, un excelente motor económico, que tiene una extraordinaria capacidad para proyectar una imagen positiva y atractiva de un país o de una ciudad, y que indirectamente fomenta en gran medida la actividad económica en otros sectores, por ejemplo el turístico y el comercial. Piensen en lo que sería Barcelona sin Gaudí o Madrid sin el Museo del Prado. Es un hecho que ni las obras de este arquitecto ni las colecciones de este museo hubieran sido posibles sin un generoso mecenazgo.
Dicen que rectificar es de sabios. Rectifiquen antes de que sea demasiado tarde.
Firman:
- Gremi de Galeries d’Art de Catalunya (GGAC)
- Associació Art Barcelona (Abe)
- Associació Art Catalunya (AC)
- Associació de Galeries Independents de Catalunya (GIC)
- Gremi d’Antiquaris de Catalunya
- Associació d’Artistes Visuals de Catalunya (AAVC)
- Associació de Crítics d’Art de Catalunya (ACCA / AICA-Catalonia)
- Associació Centre Museu de la Fotografia (ACMF)
- Associació Professional d'Il•lustradors de Catalunya (APIC)
- Associació de Professionals de la Gestió Cultural de Catalunya (APGCC)
- Foment de les Arts i el Disseny (FAD)
- The Photographer+s Company
- Arts Santa Mònica
- Centre d'Art La Panera
- Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB)
- Fundació Foto Colectania
- Fundació Francisco Godia
- Fundació Privada Espai Guinovart
- Fundació Sorigué
- Fundació Tàpies
- Fundació Vila Casas
- Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA)
- Museu del Modernisme Català
- Sergi Aguilar, artista i director de la Fundació Suñol
- Pere Almeda, director de la Fundació Palau
- Rosa Maria Malet, directora de la Fundació Joan Miró
- Pepe Serra, director del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC)
lunes, 18 de febrero de 2013
¿De qué podemos hablar? ROSA NAHARRO
ARCO nos va dejando sin palabras. No, no porque nos sorprenda lo que
allí podamos ver, sino porque cada año hay menos que decir sobre la
feria en sí. Atrás quedaron las discusiones y debates sobre si debía ser
una feria sólo comercial o si debía tener también un componente
cultural y educativo. ARCO es una feria comercial y punto, aunque los
programas comisariados como los Opening, este año de la mano de Manuel
Segade y Veronica Roberts, así como los tradicionales foros, -este año
enfocados al coleccionismo, no podría ser de otra manera-, se agradezcan
y otorguen a la feria cierta apariencia de macro-exposición.
La cuestión sería entonces cómo reconciliar la condición de mercancía con los productos designados como culturales, a los que consideramos especiales frente a otros productos realizados para el consumo de masas, como pueden ser unos zapatos. El geógrafo marxista David Harvey analizaba en un breve, pero interesante texto, “Arte en renta” (Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, 2005) cómo la cultura, y el arte en particular, están sometidos a la lógica del capital financiero a través de lo que él denomina renta monopolista, que sería aquella que se beneficia de la competitividad que se obtiene al apostar por la distinción y la diferencia, ya sea de un producto cultural o del perfil de un entorno urbano. Para Harvey, los llamados productos culturales funcionan mediante una lógica que se establece a partir de reivindicaciones de excepcionalidad, autenticidad, particularidad y especialidad, todas ellas categorías construidas ideológicamente de forma compleja a través de la historia y que han sido de alguna manera exigidas por el mercado de la cultura y el arte. Una idea ésta de renta monopolista que se puede también extrapolar al capital simbólico colectivo producido en un lugar determinado, las ciudades.
Este año el país invitado a ARCO ha sido Turquía, un país que siempre ha sido considerado como una especie de cruce entre Oriente y Occidente, idea de la que ahora muchos turcos parecen renegar. Lo cierto es que Turquía se ha convertido en los últimos años en un importante nicho de mercado para el arte, sobre todo a partir de las bienales celebradas en su capital, la primera en 1987, y que han supuesto su apertura hacía el mercado occidental. El encargado de seleccionar las 10 galerías (Dirimart, Eipsis, Mana, Nev, Non Pilot, Maçka Sanat (MSG), Rampa, Rodeo y X-Ist), todas procedentes de Estambul, ha sido Vasif Kortun, escritor y profesor de artes visuales y uno de los principales impulsores de la inclusión del arte turco contemporáneo en el panorama internacional.
Pero, ¿qué nos ofrece el arte contemporáneo turco en el contexto ARCO? ¿Por qué “invitar” a un país en el contexto de una feria? Siguiendo de nuevo a Harvey, en el contexto del mundo globalizado se vive en una lucha constante en las que las llamadas “ciudades culturales” compiten por crear marcas de distinción vinculadas a un lugar y tiempo específico con el objetivo de generar “rentas monopolistas”. La singularidad de una ciudad, en este caso, Estambul, es un medio para crear un nicho de mercado, atraer a un público internacional y generar ingresos adicionales a través del turismo y del mercado del arte.
Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras se crean estas marcas de distinción locales, a la vez se tiende a una homogeneización de la cultura y el arte debido a la inercia e idiosincrasia de la globalización. Una idea que recoge el artista turco Halil Altindere, y sobre el que el CA2M ha inaugurado recientemente una exposición individual. En el vídeo Dengbejs (Triología Mesopotámica, 2007) Altindere escenifica como una comunidad de patriarcas kurdos cantan canciones populares en el interior de casa tradicional turca. Sin embargo, cuando el plano se abre a través de una panorámica, se observa como esa casa tradicional de madera se posa en realidad sobre un rascacielos de forma híbrida que revela lo improvisado y moderno de las viviendas.
Como señalan Fietta Jarque y Ángeles García el milagro turco obedece a una serie de estrategias para desarrollar un floreciente mercado, además de proyectar, tanto la idea de cultura de un país como su misma posición en el mundo. Y esta idea es a la vez utilizada por ARCO, en el sentido de ofrecer “singularidad” y "exotismo" de un país con el objetivo de generar conexiones y nuevas líneas de negocio. Sin embargo, resulta difícil distinguir, y más en el contexto de una feria donde lo que se pretende es vender, esa supuesta singularidad del arte turco, cuando nos encontramos ante un arte global que tiende a absorber la estética de la diferencia.
La cuestión sería entonces cómo reconciliar la condición de mercancía con los productos designados como culturales, a los que consideramos especiales frente a otros productos realizados para el consumo de masas, como pueden ser unos zapatos. El geógrafo marxista David Harvey analizaba en un breve, pero interesante texto, “Arte en renta” (Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, 2005) cómo la cultura, y el arte en particular, están sometidos a la lógica del capital financiero a través de lo que él denomina renta monopolista, que sería aquella que se beneficia de la competitividad que se obtiene al apostar por la distinción y la diferencia, ya sea de un producto cultural o del perfil de un entorno urbano. Para Harvey, los llamados productos culturales funcionan mediante una lógica que se establece a partir de reivindicaciones de excepcionalidad, autenticidad, particularidad y especialidad, todas ellas categorías construidas ideológicamente de forma compleja a través de la historia y que han sido de alguna manera exigidas por el mercado de la cultura y el arte. Una idea ésta de renta monopolista que se puede también extrapolar al capital simbólico colectivo producido en un lugar determinado, las ciudades.
Este año el país invitado a ARCO ha sido Turquía, un país que siempre ha sido considerado como una especie de cruce entre Oriente y Occidente, idea de la que ahora muchos turcos parecen renegar. Lo cierto es que Turquía se ha convertido en los últimos años en un importante nicho de mercado para el arte, sobre todo a partir de las bienales celebradas en su capital, la primera en 1987, y que han supuesto su apertura hacía el mercado occidental. El encargado de seleccionar las 10 galerías (Dirimart, Eipsis, Mana, Nev, Non Pilot, Maçka Sanat (MSG), Rampa, Rodeo y X-Ist), todas procedentes de Estambul, ha sido Vasif Kortun, escritor y profesor de artes visuales y uno de los principales impulsores de la inclusión del arte turco contemporáneo en el panorama internacional.
Pero, ¿qué nos ofrece el arte contemporáneo turco en el contexto ARCO? ¿Por qué “invitar” a un país en el contexto de una feria? Siguiendo de nuevo a Harvey, en el contexto del mundo globalizado se vive en una lucha constante en las que las llamadas “ciudades culturales” compiten por crear marcas de distinción vinculadas a un lugar y tiempo específico con el objetivo de generar “rentas monopolistas”. La singularidad de una ciudad, en este caso, Estambul, es un medio para crear un nicho de mercado, atraer a un público internacional y generar ingresos adicionales a través del turismo y del mercado del arte.
Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras se crean estas marcas de distinción locales, a la vez se tiende a una homogeneización de la cultura y el arte debido a la inercia e idiosincrasia de la globalización. Una idea que recoge el artista turco Halil Altindere, y sobre el que el CA2M ha inaugurado recientemente una exposición individual. En el vídeo Dengbejs (Triología Mesopotámica, 2007) Altindere escenifica como una comunidad de patriarcas kurdos cantan canciones populares en el interior de casa tradicional turca. Sin embargo, cuando el plano se abre a través de una panorámica, se observa como esa casa tradicional de madera se posa en realidad sobre un rascacielos de forma híbrida que revela lo improvisado y moderno de las viviendas.
Como señalan Fietta Jarque y Ángeles García el milagro turco obedece a una serie de estrategias para desarrollar un floreciente mercado, además de proyectar, tanto la idea de cultura de un país como su misma posición en el mundo. Y esta idea es a la vez utilizada por ARCO, en el sentido de ofrecer “singularidad” y "exotismo" de un país con el objetivo de generar conexiones y nuevas líneas de negocio. Sin embargo, resulta difícil distinguir, y más en el contexto de una feria donde lo que se pretende es vender, esa supuesta singularidad del arte turco, cuando nos encontramos ante un arte global que tiende a absorber la estética de la diferencia.
domingo, 17 de febrero de 2013
viernes, 8 de febrero de 2013
martes, 29 de enero de 2013
domingo, 27 de enero de 2013
miércoles, 23 de enero de 2013
domingo, 20 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
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